domingo, 2 de julio de 2017

DOMINGO 13º DEL TIEMPO ORDINARIO


“Perder la vida para encontrarla”
  
Este domingo, el Evangelio nos sitúa en la parte final de las instrucciones de Jesús al enviar a sus discípulos para anunciar la Buena Nueva. Seguimos en contexto de envío y misión; esto de por sí ya es una clave para interpretar el texto. La misión de los discípulos tiene sus exigencias radicales, pero también sus recompensas. Asumir nuestro compromiso bautismal –nos lo recuerda el apóstol Pablo- indefectiblemente nos pone ante una decisión, ante una opción; hay que jugársela, tomar posturas y opciones claras.

Las Palabras de hoy nos interpelan acerca de nuestra capacidad de entrega y acogida a la persona de Jesús y su Evangelio.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

La mujer supo reconocer que Eliseo era un hombre de Dios. Por eso, ella no escatimó nada. Por el contrario, tuvo la sabiduría para saber a quien ofrecer sus recursos –habitación y sustento– lo que constituía para ella y su familia una ganancia. Porque cuando Dios pasa por la vida, también en la presencia de sus santos y santas, toda la existencia queda transformada.

Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 8-11. 14-16a

Un día, Eliseo pasó por Sunám. Había allí una mujer pudiente, que le insistió para que se quedara a comer. Desde entonces, cada vez que pasaba, él iba a comer allí. Ella dijo a su marido: “Mira, me he dado cuenta de que ese que pasa siempre por nuestra casa es un santo hombre de Dios. Vamos a construirle una pequeña habitación en la terraza; le pondremos allí una cama, una mesa, una silla y una lámpara, y así, cuando él venga, tendrá donde alojarse”. Un día Eliseo llegó por allí, se retiró a la habitación de arriba y se acostó. Entonces llamó a Guejazí, su servidor, y le preguntó: “¿Qué se puede hacer por esta mujer?”. Guejazí respondió: “Lamentablemente, no tiene un hijo y su marido es viejo”. “Llámala”, dijo Eliseo. Cuando la llamó, ella se quedó junto a la puerta, y Eliseo le dijo: “El año próximo, para esta misma época, tendrás un hijo en tus brazos”.
Palabra de Dios.

Salmo 88, 2-3. 16-19

R. Cantaré eternamente el amor del Señor.

Cantaré eternamente el amor del Señor, proclamaré tu fidelidad por todas las generaciones. Porque tú has dicho: “Mi amor se mantendrá eternamente, mi fidelidad está afianzada en el cielo”. R.

¡Feliz el pueblo que sabe aclamarte! Ellos caminarán a la luz de tu rostro; se alegrarán sin cesar en tu Nombre, serán exaltados a causa de tu justicia. R.

Porque tú eres su gloria y su fuerza; con tu favor, acrecientas nuestro poder. Sí, el Señor es nuestro escudo, el Santo de Israel es realmente nuestro rey. R.

II LECTURA

San Pablo expone todas las consecuencias que el bautismo tiene en nuestra vida. El bautismo nos hace participar de la Pascua de Jesús: muere el pecado y surge la vida nueva. En esta gracia, se desarrolla nuestra existencia.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 6, 3-4. 8-11

Hermanos: ¿No saben ustedes que todos los que fuimos bautizados en Cristo Jesús, nos hemos sumergido en su muerte? Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva. Pero si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. Sabemos que Cristo, después de resucitar, no muere más, porque la muerte ya no tiene poder sobre él. Al morir, él murió al pecado, una vez por todas; y ahora que vive, vive para Dios. Así también ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.
Palabra de Dios.

ALELUYA        1Ped 2, 9

Aleluya. Ustedes, son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido para anunciar las maravillas de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz. Aleluya.



EVANGELIO

El seguimiento de Jesús tiene exigencias fuertes. “No anteponer nada al amor de Cristo”, como san Benito dirá en el siglo VI. El seguimiento de Jesús y la opción fundamental por el Reino ordenan todos nuestros amores y hace que pongamos en primer lugar a los pequeños. Así la vida se llena de sentido, así la ganamos.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 10, 37-42

Dijo Jesús a sus apóstoles: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquel que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo, tendrá la recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa.
Palabra del Señor.


MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

La nueva familia en Jesús: amar más…

El texto de Mt que leemos hoy es uno de esos textos que se prestan a muchos malentendidos, por eso es necesario leerlas e interpretarlas a luz de la decisión que impone seguir a Jesús, ser un discípulo y discípula.

Se compara el amor a Jesús con el amor al padre, a la madre, al hijo y a la hija; es decir, a los miembros básicos de la familia. Sabemos que, para los judíos, la familia tenía un valor fundamental y lo sigue teniendo para muchas culturas hoy en día. Los vínculos familiares son los más importantes y “sostenedores” de las personas. Las exigencias de Jesús parecen excesivas.

Por eso, hay que comprenderlas a la luz de la opción de seguir al Maestro. En un contexto de persecución, los discípulos, tenían que tomar opciones a la hora de vivir su fe en Jesús de Nazareth. Ser discípulo traía consigo la indefectible división en el círculo familiar, entre los que creían y aquellos que no. Y es ahí, donde el discípulo y la discípula debe optar, es decir, “amar más a Jesús”. La nueva familia conformada en Jesús, por sus seguidores exige “amar más…”

Podemos preguntarnos nosotros hoy: ¿cómo es mi amor a Jesús? ¿de verdad, amo más a Jesús? ¿Qué supone para mí amar más a Jesús?

Perder la vida para encontrarla…

Realmente las palabras de Jesús son paradójicas, desafían cualquier lógica humana para su comprensión. Ayer y hoy lo sigue haciendo: he ahí el poder el Evangelio. El discípulo está invitado a cargar “su cruz” y seguir al Maestro. La opción por la persona de Jesús tiene su “cara de muerte”, su dimensión de persecución y pérdida de la propia vida: así el discípulo se hará semejante a su Maestro.

Mateo nos hace saber que la urgencia del evangelio invita incluso, a perder la vida; “todo y nada vale” a la hora de anunciar la Buena Noticia de Jesús. Perder la vida por Jesús y su evangelio es equivalente a encontrarla y ganarla; y por el contrario, “salvar” o encontrar la vida a costa del evangelio, equivale a perderla. Esta es la ilógica del proyecto de Jesús.

Podemos preguntarnos hoy: ¿estoy dispuesto/a a “perder” la vida por el Evangelio? ¿Qué significa para mí, “perder la vida”?

Recibir a Jesús…

El largo discurso de las instrucciones a los discípulos misioneros –en palabras de Aparecida - termina con una promesa de recompensa. Jesús promete que nada quedará sin recompensa. Es interesante el movimiento que se produce entre los sujetos del texto: va desde el mayor (un profeta) hasta el menor de todos (pequeños). Esto nos sugiere que el Evangelio siempre debe llegar hasta los más pequeños, los más humildes de este mundo. Tanto el profeta como “el pequeño”, recibirán recompensa.

Jesús se identifica con sus discípulos, con sus “pequeños” y afirma una de las más grandes verdades de su evangelio: el que recibe a sus discípulos, lo recibe a El mismo y el que lo recibe a El, recibe al Padre que lo envió. Este misterio de identificación “sacramental” humano-divino es un desafío a nuestras estrecheces mentales e ideológicas: El Padre está en los pequeños, en los discípulos. Por eso, no quedará sin recompensa lo mínimo que alguien puede ofrecer: un vaso de agua.

Si los versículos anteriores (37-39) invitaban a la entrega radical, creo que estos últimos, nos invitan a pensar en nuestra capacidad de acogida, de recibimiento, de apertura a todos aquellos profetas y pequeños discípulos de Jesús de Nazareth.

Podemos preguntarnos: ¿Soy consciente de recibir a Jesús? ¿Cómo es mi capacidad de acogida y apertura a los otros? ¿Soy capaz de compartir al menos un vaso de agua? ¿Qué significa eso para mí?





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domingo, 25 de junio de 2017

DOMINGO 12º DEL TIEMPO ORDINARIO


“No teman”

Hemos celebrado hace poco las fiestas de la Ascensión y de Pentecostés. En la primera, dedicada a la Jornada Mundial de las Comunicaciones, rezaba el lema siguiente: No temas, que yo estoy contigo (Is 43,5). La liturgia de Pentecostés, a su vez, celebra el primer despliegue intrépido y valiente de la evangelización apostólica, en la que los discípulos de Jesús dejan atrás temores y miedos.

Es la tónica que preside toda la historia de la salvación. Quien confía en Dios no tiene por qué temer. El Dios que guió y acompañó a su pueblo desde la nube, símbolo de su presencia, en la epopeya del éxodo es el mismo que alienta y da ánimos a Pedro y sus compañeros, zarandeados por las olas: ¡Ánimo!, soy yo; no teman (Mt 14,27). Fue justamente en medio de las dificultades y turbulencias inherentes al anuncio del evangelio cuando mejor experimentaron los apóstoles la mano amiga de quien no les dejaba solos y a la deriva. Ese es el legado heredado de la tradición cristiana y que nos compromete en toda suerte de iniciativas encaminadas al testimonio y la confesión pública de la fe cristiana.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

LECTURA

El profeta es una molestia para quienes obran el mal, por eso estos buscarán una forma de acabar con él. No ahorrarán calumnias, denuncias falsas y violencia. Sin embargo, el creyente no desespera y entrega su causa en manos de Dios. Dios es quien lo sostiene.

Lectura del libro de Jeremías 20, 10-13

Dijo el profeta Jeremías: Oía los rumores de la gente: “¡Terror por todas partes! ¡Denúncienlo! ¡Sí, lo denunciaremos!”. Hasta mis amigos más íntimos acechaban mi caída: “Tal vez se lo pueda seducir; prevaleceremos sobre él y nos tomaremos nuestra venganza”. Pero el Señor está conmigo como un guerrero temible: por eso mis perseguidores tropezarán y no podrán prevalecer; se avergonzarán de su fracaso, será una confusión eterna, inolvidable. Señor de los ejércitos, que examinas al justo, que ves las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos!, porque a ti he encomendado mi causa. ¡Canten al Señor, alaben al Señor, porque él libró la vida del indigente del poder de los malhechores!
Palabra de Dios.

Salmo 68, 8- 10. 14. 17. 33-35

R. Respóndeme, Dios mío, por tu gran amor.

Por ti he soportado afrentas y la vergüenza cubrió mi rostro; me convertí en un extraño para mis hermanos, fui un extranjero para los hijos de mi madre: porque el celo de tu Casa me devora, y caen sobre mí los ultrajes de los que te agravian. R.

Pero mi oración sube hasta ti, Señor, en el momento favorable: respóndeme, Dios mío, por tu gran amor, sálvame, por tu fidelidad. Respóndeme, Señor, por tu bondad y tu amor, por tu gran compasión vuélvete a mí. R.

Que lo vean los humildes y se alegren, que vivan los que buscan al Señor: porque él Señor escucha a los pobres y no desprecia a sus cautivos. Que lo alaben el cielo, la tierra y el mar, y todos los seres que se mueven en ellos. R.

II LECTURA

San Pablo presenta una antítesis entre Adán y Cristo. Adán –que en hebreo significa “ser humano”– es la figura de todo ser humano pecador. Todos hemos pecado y todos necesitamos que nuestra humanidad sea redimida. La antítesis del Adán pecador es Cristo, hombre nuevo, que nos alcanza la gracia y el perdón.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 5, 12-15


Hermanos: Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron. En efecto, el pecado ya estaba en el mundo, antes de la Ley, pero cuando no hay Ley, el pecado no se tiene en cuenta. Sin embargo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso en aquellos que no habían pecado, cometiendo una transgresión semejante a la de Adán, que es figura del que debía venir. Pero no hay proporción entre el don y la falta. Porque si la falta de uno solo provocó la muerte de todos, la gracia de Dios y el don conferido por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, fueron derramados mucho más abundantemente sobre todos.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Jn 15, 26b. 27a

Aleluya. “El Espíritu de la Verdad dará testimonio de mí. Y ustedes también dan testimonio”, dice el Señor. Aleluya.

EVANGELIO

Cuántos creyentes, a lo largo de la historia, fueron víctimas de la violencia a causa de su fe. Los recordamos y honramos como mártires. Y aunque sus verdugos podrían haber pensado en que los vencieron con la muerte, la realidad es que el testimonio de esos mártires hace que muchas cosas salgan a la luz. Como seguidores de Cristo, ellos no devolvieron la violencia recibida.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 10, 26-33

Jesús dijo a sus apóstoles: No teman a los hombres. No hay nada oculto que no deba ser revelado, y nada secreto que no deba ser conocido. Lo que yo les digo en la oscuridad, repítanlo en pleno día; y lo que escuchen al oído, proclámenlo desde lo alto de las casas. No teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede arrojar el alma y el cuerpo al infierno. ¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre de ustedes. También ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros. Al que me reconozca abiertamente ante los hombres, yo lo reconoceré ante mi Padre que está en el cielo. Pero yo renegaré ante mi Padre que está en el cielo de aquel que reniegue de mí ante los hombres.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS

Anclados en la Palabra de Dios

El discurso apostólico de Mt 10 constituye una especie de breviario o vademécum misionero valedero para todos los tiempos. Inspirado en lo que fue la propia misión de Jesús, ejemplariza el modelo a seguir por cuantos se sienten llamados a continuar en la obra de la evangelización. Asocia la suerte de los discípulos a la de su Maestro, con el que conforman una misma familia. Como enviados de Cristo Jesús, están en manos de Dios y por tanto no deben preocuparse ante posibles acontecimientos.

El fragmento que hoy nos ocupa viene enmarcado en la segunda parte del discurso (10, 24-42). Ahora bien, su contenido rebasa con creces el horizonte del primer envío de los Doce al pueblo de Israel, de dos en dos, como itinerantes de la predicación del Reino. La actividad de Jesús y de sus inmediatos seguidores es asumida ahora por toda la comunidad cristiana como destinataria directa del encargo dejado por Jesús. La luz del evangelio, como la lámpara sobre el candelero, ha de alumbrar a todos los hombres (5,14-16) superando las estrechas fronteras del judaísmo.

Es dentro de este contexto eclesial donde resuena la voz del evangelio de hoy, repetida cuatro veces: no temáis. La misma voz salida de los labios de Jesús en varias ocasiones haciéndose eco del reiterativo testimonio de los profetas. Cuando Jeremías es llamado a ser profeta de Dios siendo todavía un muchachuelo temeroso y asustadizo, recibe la palabra reconfortadora Yahvé: No les tengas miedo (1,8); por eso, curtido por la experiencia, proferirá más tarde las palabras que hemos escuchado en la primera lectura: pero Yahvé está conmigo, cual campeón poderoso (20,11). Es la misma palabra de apoyo y consuelo que escuchará más tarde el profeta Ezequiel ante la dura misión que le espera: no temas aunque te rodeen amenazantes y te veas sentado sobre escorpiones. No tengas miedo de lo que digan, ni te asustes de ellos (2,6).

Es el destino reservado a los mensajeros de Dios. En medio de una visión nocturna, le dirá el Señor a Pablo, el gran heraldo de Cristo Jesús: no tengas miedo, sigue hablando y no te calles (Hch 18,9). En su turbulento viaje a Roma por mar, como prisionero y en medio de la tempestad y del naufragio, la palabra del Señor le va a confirmar y animar en su misión: no temas, Pablo; tú tienes que comparecer ante el César (27,24). El Apóstol sabía muy bien a quién se había confiado.

Predicar sin temor

El miedo paraliza. ¿Cómo superarlo en momentos de prueba y persecución? Los discípulos, vinculados en la misión a la suerte de su Maestro, habrán de afrontar con temple y entereza las múltiples penalidades inherentes a su actividad apostólica, aleccionados y aconsejados por su ejemplo. La motivación última “del Reino y su justicia” (Mt 6,33) comporta una actitud consecuente hasta el final, incluso hasta el propio martirio si éste fuera el caso. Sólo a Dios hay que temer, es decir, acoger y reverenciar su soberanía desde la sabia actitud de una fe obediente a su Palabra. Si Dios provee hasta de los gorriones y de los cabellos de la cabeza, ¿cómo no va a preocuparse de quienes son sus portavoces en la tierra? Nada ocurre sin su anuencia. No están a la intemperie, zarandeados por el azar, sino en las manos amorosas y providentes de nuestro Padre Dios. El temor de Dios, principio de sabiduría cristiana, aleja y libera a sus enviados de todo posible temor a los hombres.

No se está defendiendo con esto un falso e ingenuo optimismo cristiano. Al contrario, el hecho de proclamar públicamente la fe comporta por lo general una serie de contratiempos e incomodidades que se suman al ya de por sí conflictivo y duro combate de la vida. Ahora bien, semejante actitud de resistencia activa ante las adversidades, capaz de superar el temor a los hombres, sólo es comprensible desde la plena confianza que despierta la promesa de Jesús en cuantos se declaran abiertamente a su favor. Es la convicción profunda que subyace en el fondo de toda esta serie de dichos sapienciales.

Mantengamos nuestra confesión de fe (Heb 4,14)

A finales del siglo primero, cuando los primeros cristianos se vieron envueltos en la persecución, necesitaron de la exhortación y el apoyo de sus líderes para no desfallecer en la confesión de la fe siguiendo el ejemplo de Jesucristo ante Poncio Pilato (1 Tm 6,12-13). Eran alentados a no perder de vista a Jesús, “el apóstol y sumo sacerdote de nuestra fe”, ascendido ya a los cielos y fiel cumplidor de su Promesa (Heb 3,1; 4,14, 10,23).

Esta exhortación del predicador de la carta a los Hebreos a mantener nuestra confesión de fe sigue siendo de plena vigencia en la actualidad. Es la invitación que se nos hace a cuantos hemos sido incorporados por el bautismo a Cristo Jesús. Él es quien pone las palabras en nuestra boca y nos quita todos los miedos. Necesitamos una fuerte dosis sabiduría y fortaleza del Espíritu para saber testimoniar en nuestro mundo, con coraje y valentía, la fe que profesamos. No temáis… Lo que yo os digo en la oscuridad, decidlo vosotros a la luz; lo que escucháis al oído, proclamadlo desde las azoteas.

ESTUDIO BÍBLICO.

I LECTURA  (Jeremías 20,10-13).

La I Lectura de Jeremías 20,10-13, forma parte de los famosos textos que se tienen como "confesiones de Jeremías"; textos de experiencia en los que se muestra la lucha interna del hombre de Dios, del que está seducido por El, ya que tiene que hablar y proclamar lo que nosotros no queremos oír. El profeta siente que los que no están con él le acechan y están siempre seguros de que caerá; que los sencillos que le siguen se darán cuenta de que el profeta les engaña. Este es el "sino" del verdadero profeta: nunca le concederán la razón. Es verdad que el profeta ha sido fuerte, incluso ha hablado contra el templo (7,1-15) en un discurso que es una prefiguración de lo que diría también Jesús.

Ahora, Jeremías experimenta que los poderosos, los que están en contra de su misión y su palabra, quieren "quemar" al profeta. Pretenden "seducirlo" como un día Dios lo había seducido cuando era casi un joven. Es eso mismo lo que pretenden los enemigos. Su vida ha sido un drama, no hay más que hacer un recorrido por su libro: sufrimientos, marginación social y su soledad (cf. 15,10.17; 16,13), persecuciones y las acusaciones que soporta (cf. 11,18-19; 20,10), azotes, torturas, cárcel y condena a muerte de parte de las autoridades (cf. 20,1-6; 26,11; 37,15-16; 38,1-13). Quieren hacer lo que Dios, pero para destruirlo y así el drama es más certero. De ahí que, "seducción" por "seducción", el profeta prefiere la seducción divina que le quema el alma y las entrañas con verdadero amor.

Por eso Jeremías, a pesar de saber que Dios le ha "arruinado" su vida normal o juvenil, prefiere a Dios; prefiere ponerse en sus manos. Ese es el canto final de esta "confesión" dramática del alma. Es, sí, una lamentación de Jeremías, aunque el texto acaba con una alabanza a Dios. Es una experiencia trágica de la que no se puede librar, porque tiene que seguir siendo fiel a Dios y a los hombres. No puede decir o hablar como los falsos profetas. Se queja a Dios de que lo haya elegido para esta tarea tan difícil y lo haya seducido (20,7). Y una vez seducido, vencido, comprado, se queda con Dios y con su palabra que es lo que puede traer luz a la entraña de la tierra. Por eso la pregunta para nosotros no puede ser otra que ¿se puede seguir persiguiendo a los profetas? Dios, no obstante, suscitará otros como Jeremías.

II LECTURA (Romanos 5,12-15)

La Lectura de Romanos 5,12-15 es uno de los textos más asombrosos de San Pablo en los que durante mucho tiempo se ha visto una afirmación rotunda del pecado original. Pablo está intentando hacer una lectura midráshica del texto de Gn 1-3, pretendiendo comparar a la humanidad vieja y a la humanidad nueva. La vieja procedente de Adán, la nueva liberada y salvada por Cristo. La actualización del texto de Génesis es muy simple, demasiado simple, pero esa era la forma en que se hacía entonces. Intentaba poner de manifiesto que la muerte se explica por el pecado, pero no ha de entenderse necesariamente la muerte en sentido biológico, sino como el "mysterium mortis" que nos agarra la mente y el corazón. Se trata de la muerte que hay que llorar, pero también que hay que saber "decir" y asumir. Podemos afirmar que es uno de los textos más difíciles de la carta a los Romanos sobre lo que todavía hay mucho por decir y explicar.

Interpretamos hoy que en Adán no ha pecado toda la humanidad, según se tradujo al latín (la Vulgata) el texto griego de Pablo; en Adán (ef 'ho=in quo). La construcción es difícil: no se debe leer "existe la muerte, porque en él (Adán) todos pecaron", como interpretó San Agustín, siguiendo a la Vulgata. Preferimos, pues, "existe la muerte, porque todos pecaron"; sería nuestra traducción libre del texto paulino. Es verdad que en el texto sagrado van muy unidos la muerte y el pecado. Pero el pecado debe ser libre, participativo, no simplemente hereditario; el pecado original, pues, debe personalizarse, es decir, debemos ser responsables de lo que hacemos malo. No se trata, pues, de una herencia maldita, como tampoco la muerte biológica viene a serlo, a pesar que de esa forma se piensa en muchos ámbitos humanos y religiosos.

Es verdad que existe un pecado original, y el "tipo" de ello es Adán (aunque Adán no es una persona concreta, sino la humanidad vieja), pero de Pablo no se debería sacar en consecuencia una concepción biológico-hereditaria del pecado y de la muerte. Sin duda que pecamos siguiendo el ejemplo de unos con otros, y en este sentido seguirnos el ejemplo de Adán (=la humanidad vieja) y el pecado nos asoma a la muerte como experiencia trágica, tremenda y tenebrosa de enfrentarnos, a veces, con la realidad última de nuestra existencia. Pero frente a Adán está Cristo que ha traído gracia y la salvación. Estamos constantemente bajo el dominio del pecado, pero con la salvación y la gracia de Cristo somos liberados del pecado y de la muerte sin sentido, porque ésta cobra un sentido nuevo. Solamente en la acción salvadora de Dios en Cristo podemos salir del pecado original (=la humanidad vieja) y ser criaturas nuevas.

EVANGELIO (Mateo 10,26-33):

El evangelio de Mateo 10,26-33 viene a ser como una respuesta al texto que se lee en la Iª Lectura sobre las confesiones de Jeremías. Allí podíamos sacar en consecuencia que, ante este tipo de experiencias proféticas, el silencio de Dios puede llevar a un callejón sin salida. Ahora, la palabra de Jesús es radical: no temáis a los hombres que lo único que pueden hacer es quitar la voz; pero incluso en el silencio de la muerte, la verdad no quedará obscurecida. Esta es una sección que forma parte del discurso de misión de Jesús a sus discípulos según lo entiende Mateo.

No es un texto cómodo, justamente porque la misión del evangelio debe enfrentarnos con los que quieren callar la verdad, y es que la proclamación profética y con coraje del evangelio, da la medida de la libertad y de la confianza en Dios. Cuando se habla de alternativa radical se entiende que hay que sufrir las consecuencias de confiar en la verdad del evangelio de Jesús. Aunque la verdad no está para herir, ni para matar, ni siquiera para condenar por principio, sino a "posteriori", es decir, cuando se niega la esencia de las cosas y del ser.

Se ha de tener muy presente, en la lectura del texto, que no es más importante el profeta que su mensaje, ni la misión del evangelizador que el evangelio mismo. Por eso es muy pertinente la aclaración de: lo que "os digo en secreto" -que es la "revelación" de la verdad del evangelio y del reino de Dios, mensaje fundamental de Jesús-, no lo guardéis para vosotros. Eso es lo que se debe proclamar públicamente, porque los demás también deben experimentarlo y conocerlo. No está todo en una adhesión personal, sino en el sentido "comunicativo". La dialéctica entre secreto/proclamación no obedece a los parámetros de los "mass media", sino más bien a la simbología bíblica de luz/tinieblas que se experimenta en la misma obra de la creación y transformación del caos primigenio. Es como una autodonación, tal como Dios hizo al principio del mundo.

Tampoco está todo en hacer una lectura de la verdad del evangelio con carácter "expansivo", sino transformador. De esa manera cobran sentido las palabras sobre los mensajeros, las dificultades de ser rechazados y la exhortación a una "autoestima" cuando se lleva en el alma y en el corazón la fuerza de la verdad que ha de trasformar el mundo y la historia. Jesús pronunció estas palabras recogidas por Mateo, en el discurso de misión, sabiendo que el rechazo de los mensajeros estaba asegurado. Por eso se debe tener el "temple profético" para dejarse seducir por Dios y no por el temor a los poderosos de este mundo. No se trata solamente de ser combativos, dispuestos a la polémica, sino de creer en la verdad del evangelio que, no mata, sino que trasforma. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).



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domingo, 18 de junio de 2017

CORPUS CHRISTI


“El que coma de este pan vivirá para siempre!

Empiezan a alejarse las celebraciones pascuales, y se aproxima el tiempo ordinario. Y –como si hiciera de puente- la Iglesia nos regala la festividad del Corpus Christi. Antigua en su origen (se remonta a la mitad del siglo XIII), se apoya en la fe del pueblo sencillo que fue magníficamente consolidada por los grandes teólogos de la época. Profundizamos en ese “banquete precioso y admirable, banquete saludable y lleno de toda suavidad” que cada domingo reúne a la comunidad cristiana, y que se convierte en “centro y culmen” de su identidad.

Hay experiencias que necesitan ser ahondadas y saboreadas. Es preciso mirar con mayor profundidad, desde la adoración, el amor y el compromiso, el sacramento de la Eucaristía, reflejo del misterio de un Dios que ha decidido quedarse sacramentalmente en medio de la humanidad, como la prueba mayor del amor que Él nos tiene.

Detrás de este sacramento late un interrogante realmente humano: ¿cómo vivir en plenitud? Nos merecemos una vida de calidad, más auténtica y digna, especialmente para aquellos que más lejos están de tenerla. La Eucaristía toca a nuestra existencia desde la celebración agradecida, la adoración rendida y el compromiso fraterno. El Corpus Christi nos urge a la caridad, y hoy especialmente nos recuerda que somos “llamados a ser comunidad”.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

Dios nos pone el alimento al alcance de la mano. Así lo hizo con nuestros antepasados en el desierto, y así lo hace con nosotros hoy. Ese alimento es el que nos da la energía para caminar. Entonces, no nos cansemos inútilmente en cosas poco sustanciosas, que no nos dan ánimo para la marcha. En la Palabra y en el Pan, tenemos el sustento que nos reúne como pueblo de Dios y nos hace avanzar juntos.

Lectura del libro del Deuteronomio 8, 2-3. 14-16

Moisés habló al pueblo diciendo: Acuérdate del largo camino que el Señor, tu Dios, te hizo recorrer por el desierto durante esos cuarenta años. Allí él te afligió y te puso a prueba, para conocer el fondo de tu corazón y ver si eres capaz o no de guardar sus mandamientos. Te afligió y te hizo sentir hambre, pero te dio a comer el maná, ese alimento que ni tú ni tus padres conocían, para enseñarte que el hombre no vive solamente de pan, sino de todo lo que sale de la boca del Señor. No olvides al Señor, tu Dios, que te hizo salir de Egipto, de un lugar de esclavitud, y te condujo por ese inmenso y temible desierto, entre serpientes abrasadoras y escorpiones. No olvides al Señor, tu Dios, que en esa tierra sedienta y sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca, y en el desierto te alimentó con el maná, un alimento que no conocieron tus padres.
Palabra de Dios.

Salmo 147, 12-15. 19-20

R. ¡Glorifica al Señor, Jerusalén!

¡Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión! Él reforzó los cerrojos de tus puertas y bendijo a tus hijos dentro de ti. R.

Él asegura la paz en tus fronteras y te sacia con lo mejor del trigo. Envía su mensaje a la tierra, su palabra corre velozmente. R.

Revela su palabra a Jacob, sus preceptos y mandatos a Israel: a ningún otro pueblo trató así ni le dio a conocer sus mandamientos. R.

II LECTURA

El pan compartido crea unidad entre quienes lo comen juntos. Si el estar reunidos alrededor de la mesa genera un vínculo entre los comensales, cuánto más cuando Jesús está presente en esta. Pidamos al Espíritu Santo que nuestras misas sean fiel reflejo de esa común-unión entre nosotros y con Jesucristo.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 10, 16-17

Hermanos: La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan.
Palabra de Dios.

Secuencia   

Esta secuencia es optativa. Si se la canta o recita, puede decirse íntegra o en forma breve desde * “Este es el pan de los ángeles”.

Glorifica, Sión, a tu Salvador, aclama con himnos y cantos a tu Jefe y tu Pastor.
Glorifícalo cuanto puedas, porque él está sobre todo elogio y nunca lo glorificarás bastante.
El motivo de alabanza que hoy se nos propone es el pan que da la vida.
El mismo pan que en la Cena Cristo entregó a los Doce, congregados como hermanos.
Alabemos ese pan con entusiasmo, alabémoslo con alegría, que resuene nuestro júbilo ferviente.
Porque hoy celebramos el día en que se renueva la institución de este sagrado banquete.
En esta mesa del nuevo Rey, la Pascua de la nueva alianza pone fin a la Pascua antigua.
El nuevo rito sustituye al viejo, las sombras se disipan ante la verdad, la luz ahuyenta las tinieblas.
Lo que Cristo hizo en la Cena, mandó que se repitiera en memoria de su amor.
Instruidos con su enseñanza, consagramos el pan y el vino para el sacrificio de la salvación.
Es verdad de fe para los cristianos que el pan se convierte en la carne, y el vino, en la sangre de Cristo.
Lo que no comprendes y no ves es atestiguado por la fe, por encima del orden natural.
Bajo la forma del pan y del vino, que son signos solamente, se ocultan preciosas realidades.
Su carne es comida, y su sangre, bebida, pero bajo cada uno de estos signos, está Cristo todo entero.
Se lo recibe íntegramente, sin que nadie pueda dividirlo ni quebrarlo ni partirlo.
Lo recibe uno, lo reciben mil, tanto estos como aquel, sin que nadie pueda consumirlo.
Es vida para unos y muerte para otros. Buenos y malos, todos lo reciben, pero con diverso resultado.
Es muerte para los pecadores y vida para los justos; mira cómo un mismo alimento tiene efectos tan contrarios.
Cuando se parte la hostia, no vaciles: recuerda que en cada fragmento está Cristo todo entero.
La realidad permanece intacta, sólo se parten los signos, y Cristo no queda disminuido, ni en su ser ni en su medida.
* Este es el pan de los ángeles, convertido en alimento de los hombres peregrinos: es el verdadero pan de los hijos, que no debe tirarse a los perros.
Varios signos lo anunciaron: el sacrificio de Isaac, la inmolación del cordero pascual y el maná que comieron nuestros padres.
Jesús, buen Pastor, pan verdadero, ten piedad de nosotros: apaciéntanos y cuídanos; permítenos contemplar los bienes eternos en la tierra de los vivientes.
Tú, que lo sabes y lo puedes todo, tú, que nos alimentas en este mundo, conviértenos en tus comensales del cielo, en tus coherederos y amigos, junto con todos los santos.


ALELUYA        Jn 6, 51

Aleluya. “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente”, dice el Señor. Aleluya.


EVANGELIO

Jesús habla de lo verdadero porque hay muchas propuestas falsas que se venden como solución y se ofrecen para calmar el hambre. Pero son cosas que resultan vanas y pasajeras, y en el fondo de nuestro corazón seguimos clamando por algo que “nos llene”. Él se ofrece como alimento verdadero, porque da vida y sacia y porque nos pone en camino hacia la Vida que disfrutaremos en la comunión de la Trinidad.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 51-58

Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo”. Los judíos discutían entre sí, diciendo: “¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?”. Jesús les respondió: “Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente”.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Recordar es comprometerse con la vida

Decimos que la Eucaristía es un “memorial”, una experiencia que actualiza y hace presente lo sucedido en el pasado. Por eso necesitamos recordar, volver a pasar por la vida y el corazón aquello que marca nuestra identidad como creyentes. Recordar experiencias que hablan de superación personal, de conquistas de la humanidad. Pero también lo que se nos ha regalado gratuitamente. ¿No notamos que somos puro don? Hemos sido bendecidos desde lo más profundo de nuestra existencia. Recordar experiencias de gracia y salvación es sintonizar con el Dios que nos amó primero, el mismo que nos ha sacado de amargos desiertos y nos ha conducido con misericordia. El que nos ha dado lo necesario y nos sigue sosteniendo en su Providencia… En lo más hondo, el recuerdo actualiza el agradecimiento, nos compromete con el presente y nos da razones para buscar una vida más plena.

Unidos formamos un solo cuerpo

Como el pan contiene en sí muchos granos de trigo, o el vino muchas uvas que perdieron lo propio para hacerse alimento, así lo humano adquiere mayor sentido cuando lo vivimos en plural. Somos por otros, somos para otros. La Eucaristía empuja a salir del individualismo y construye comunidad, pueblo, humanidad. La profecía cristiana de todos los tiempos nos urge a crear fraternidades que hagan real el Cuerpo vivo de Cristo a lo largo de la Historia. Éste sigue siendo el horizonte y el desafío de la Iglesia: integrar a otros, acompañar a los más débiles, actualizar el amor, sentirnos protagonistas y miembros vivos de un Cuerpo que –aun en construcción- quiere ofrecer a todos una experiencia de felicidad auténtica.

Yo soy el pan vivo: hay un alimento que da vida

Nuestra sociedad consume con demasiada voracidad alimentos que frustran. Acumulamos relaciones que hacen daño, sensaciones nuevas que acaban empobreciéndonos, ofertas publicitarias que nada nos solucionan. Nuevas sabidurías, planteamientos, ideologías, estilos de vida… ¿Qué puede nutrirnos en plenitud mientras pasamos por este mundo que no engañe ni caduque? La Iglesia ofrece, en la Eucaristía, a Cristo mismo. Es su Palabra el pan que alimenta. Lo son las posibilidades de alegría, fortaleza y esperanza que Él ofrece y que son reales. Y el nuevo modo de mirar y afrontar la realidad desde el amor, la entrega, la valentía, el compromiso… En Cristo hay, y habrá siempre, alimento del bueno.

Vivir para siempre

¿Quién no lo desea? La plenitud creemos que está en lo eterno, lo que tiene garantía de ser “para siempre”. Porque lo efímero limita lo humano y lo decepciona. En la Eucaristía “se nos da la prenda de la gloria futura”, y se nos recuerda que la persona está hecha para lo grande, para traspasar lo temporal y conquistar lo que no tiene límites. Y lo eterno también se puede gozar en esta tierra: el amor, la solidaridad, el servicio, el trabajo por la paz… son experiencias que lo adelantan. “Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria”.

Dios está aquí: convertirse en Eucaristía

Así cantamos y confesamos desde antiguo. “Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias, a Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte”. Es el sacramento que lo hace presente y cercano. Nos lo dice la fe, pero también la intuición espiritual. Volver a Cristo en la Eucaristía es tocar la carne de Dios, su presencia real y auténtica, quedar sobrecogido ante la cercanía del Misterio. Y no sólo eso: es salir a reconocerlo en la carne del pobre, del hermano, que también lo oculta y lo acerca a la vez. Y convertirse uno en aquello que contempla: cuerpo que se rompe en la entrega, sangre que se vierte por los demás en los pequeños intentos de que este mundo sea mejor.

Día de la caridad: Llamados a ser comunidad

El Corpus Christi -no puede ser de otra manera-, nos trae el “Día de la Caridad”. No se trata de dar limosna, sino de convertirse uno mismo en amor en medio de este mundo. Somos invitados a crecer en comunión en todas las realidades en las que vivimos, a cultivar una “espiritualidad de la comunión” en nuestra manera de mirar a los otros, a promover cauces para vivir una mayor comunión con los que sufren.

ESTUDIO BÍBLICO

Esta festividad del Corpus Christi, ya no en jueves sino en el domingo siguiente, fue instituida por Urbano IV en 1264, quien le encomendó a Santo Tomás de Aquino un oficio completo, algunos de cuyos himnos y antífonas han pasado a la historia de la liturgia como la expresión teológica más alta de este misterio inefable de la Eucaristía.

Descubrir las raíces últimas, culturales y religiosas de este sacramento de la Iglesia, que se retrae a la última cena de Jesús con sus discípulos, es un reto para una comunidad y para cada uno de nosotros personalmente, ya que como dice el Vaticano II, este sacramento es como la «culminación de toda la vida cristiana» (LG 11) y también en cuanto en él «vive, se edifica y crece sin cesar la Iglesia de Dios» (LG 26).

Pero la Eucaristía no es un sacramento cosificado, como algo sagrado, sino que siempre se renueva y se crea de nuevo desde el compromiso de Jesús con su comunidad, con la Iglesia entera. En cada Eucaristía acontece siempre algo nuevo para nosotros, porque siempre tenemos necesidades nuevas a las que el Señor resucitado de la eucaristía acude en cada una de ellas. Por ello, los textos de la liturgia de hoy están transidos de ese carácter inefable que debemos buscar en este sacramento.

Iª Lectura (Dt 8,2-3.14-16): El maná para atravesar el desierto

I.1. La Iª Lectura de Deuteronomio 8,2-3.14-16 nos habla del maná, que ha sido en la Biblia el símbolo de un “alimento divino en el desierto”. Ya se han dado varias explicaciones de cómo podían los israelitas fabricar el maná con plantas características de la región. Pero podemos imaginarnos que ellos veían en esto la mano de Dios y la fuerza divina para caminar hacia la tierra prometida. Por eso no podemos menos de imaginar que el “maná” haya sido mitificado, porque fue durante ese tiempo el pan del desierto, es decir, la vida. La simbología bíblica del maná, pues, tiene un peso especial, unido a la libertad, a la comunión en lo único y más básico para subsistir y no morir de hambre: eran como el pan de todos.

I.2. Es determinante este aspecto de la travesía del desierto, después de salir de Egipto, en la pobreza y la miseria de un lugar sin agua y sin nada, ya que ello indica que Dios no solamente da la libertad primera, sino que constantemente mantiene su fidelidad. En las tradiciones bíblicas de la Sabiduría, de las reflexiones rabínicas, y en el mismo evangelio de Juan, nos encontraremos con el maná como la prefiguración de los dones divinos. El texto del Deuteronomio invita a recordar el maná, “un alimento que tú no conocías, ni tampoco conocieron tus antepasados” (Dt 8,3). Era lógico, ya que era un alimento para el desierto y del desierto, aunque la leyenda espiritual lo haya presentado como alimento venido del cielo.

I.3. El maná era solamente para el día (Ex 16,18), sin estar preocupados por el día siguiente y por los otros días. Y era inútil, por las situación de calor del desierto, guardarlo, ya que llegaba a pudrirse (Ex 16,19-20; cf. Lc 12,13-21.29-31). También de esto la leyenda espiritual sacó su teología: a Israel se le enseñaba así a tener verdadera confianza en la providencia misericordiosa de Dios. En el desierto, el israelita era llamado a la fe–confianza.

I.4. El Deuteronomio hace una llamada a la “memoria” del pueblo, para “que no se olvide del Señor, su Dios” (Dt 8,14). El recordar la liberación de la esclavitud de Egipto por medio de la mano potente del Señor (Dt 8,14), como también el recuerdo de la experiencia humillante pero necesaria del desierto (v. 16), tienen la función esencial de colocar como fundamento de la existencia la presencia amorosa del Señor en la historia. Todo esto se hace memoria” (zikaron, en hebreo), que ha de tener tanta importancia para el sentido de la eucaristía e incluso para que este texto del Deuteronomio haya sido escogido en la liturgia del “Corpus”.

II Lectura (1Cor 10,16-17): La koinonía de la Eucaristía

II.1. Los textos neotestamentarios de la eucaristía que poseemos son fruto de un proceso histórico, por etapas, que parten de la última cena de Jesús con sus discípulos, y que en casi la totalidad de los mismos tenían un marco pascual. Por consiguiente, trasmitir las palabras de Jesús sobre el pan y sobre la copa es hacer memoria (zikaron) de su entrega a los hombres como acción pascual para la Iglesia. Nuestro texto de hoy, de todas formas, no es el de las palabras de la última cena sobre el pan y sobre la copa (cf 1Cor 11,23-26), sino una interpretación de Pablo del doble rito de la eucaristía: sobre el cáliz de bendición y sobre al pan.

II.2. Es un texto extremadamente corto, pero sustancial. Expresa uno de los aspectos inefables de la Eucaristía con el que Pablo quiere corregir divisiones en la comunidad de Corinto. La participación en la copa eucarística (el cáliz de bendición) es una participación en la vida que tiene el Señor; la participación en el pan que se bendice es una participación en el cuerpo, en la vida, en la historia de nuestro Señor.

II.3. De estos dos ritos eucarísticos, Pablo desentraña su dimensión de koinonía, de comunión. Participar en la sangre y en el cuerpo de Cristo es entrar en comunión sacramental (pero muy real) con Cristo resucitado. ¿Cómo es posible, pues, que haya divisiones en la comunidad? Este atentado a la comunión de la comunidad, de la Iglesia, es un “contra-dios”, porque dice en 1Cor 12,27 “vosotros sois el cuerpo de Cristo”. Sabemos que esta es una afirmación de advertencia a los “fuertes” de la comunidad que rompen la comunión con los débiles.

II.4. ¿Cómo es posible que la comunidad se divida? Esto es un atentado, justamente, a lo más fundamental de la Eucaristía: que hace la Iglesia, que la configura como misterio de hermandad y fraternidad. Podemos adorar el sacramento y las divisiones quedarán ahí; pero cuando se llega al centro del mismo, a la participación, entonces las divisiones de la comunidad entre ricos y pobres, entre sabios e ignorantes, entre hombres y mujeres, no pueden mantenerse de ninguna manera.

III. Evangelio (Jn 6,51-58): El pan de una vida nueva, resucitada

III.1. El texto de Juan es una elaboración teológica y catequética del simbolismo del maná, el alimento divino de la tradición bíblica, que viene al final del discurso sobre el pan de vida. Algunos autores han llegado a defender que todo el discurso del c. 6 de Jn es más sapiencial (se entiende que habla de la Sabiduría) que eucarístico. Pero se ha impuesto en la tradición cristiana el sentido eucarístico, ya que Juan no nos ha trasmitido la institución de la eucaristía en la última cena del Señor.

III.2. Este discurso de la sinagoga de Cafarnaún es muy fuerte en todos los sentidos, como es muy fuerte y de muy altos vuelos toda la teología joánica sobre Jesús como Logos, como Hijo, como luz, como agua, como resurrección. Se trata de fórmulas de revelación que no podemos imaginar dichas por el Jesús histórico, pero que son muy acertadas del Jesús que tiene una vida nueva. Desde esta cristología es como ha sido escrito y redactado el evangelio joánico.

III.3. El evangelio de Juan, con un atrevimiento que va más allá de lo que se puede permitir antropológicamente, habla de la carne y de la sangre. Ya sabemos que los hombres, ni en la Eucaristía, ni en ningún momento, tomamos carne y sangre; son conceptos radicales para hablar de vida y de resurrección. Y esto acontece en la Eucaristía, en la que se da la misma persona que se entregó por nosotros en la cruz. Sabemos que su cuerpo y su sangre deben significar una realidad distinta, porque El es ya, por la resurrección, una persona nueva, que no está determinada por el cuerpo y por la sangre que nosotros todavía tenemos. Y es muy importante ese binomio que el evangelio de Juan expresa: la eucaristía-resurrección es de capital importancia para repensar lo que celebramos y lo que debemos vivir en este sacramento.

III.4. El evangelista entiende que comer la carne y beber la sangre (los dos elementos eucarísticos tradicionales) lleva a la vida eterna. Es lo que se puso de manifiesto en la tradición patrística sobre la “medicina de inmortalidad”, y lo que recoge Sto. Tomás en su antífona del “O sacrum convivium” como “prenda de la gloria futura”. Y es que la eucaristía debe ser para la comunidad y para los individuos un verdadero alimento de resurrección. Ahora se nos adelanta en el sacramento la vida del Señor resucitado, y se nos adentra a nosotros, peregrinos, en el misterio de nuestra vida después de la muerte.

III.5. Esta dimensión se realiza mediante el proceso espiritual de participar en el misterio del “verbo encarnado” que en el evangelio de Juan es de una trascendencia irrenunciable. No debe hacerse ni concebirse desde lo mágico, sino desde la verdadera fe, pues de lo contrario no tendría sentido. Por tanto, según el cuarto evangelio, el sacramento de la eucaristía pone al creyente en relación vital y personal con el verbo encarnado, que nos lleva a la vida eterna. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).