domingo, 17 de diciembre de 2017

DOMINGO 3º DE ADVIENTO


“Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador”

Vivimos un cierto paréntesis en el panorama sobrio del Adviento. Aquí asoma ya la alegría, que estallará irreprimible en Navidad. Profecías antiguas y anuncios más recientes suscitan nuestro gozo, porque se nos proclama una liberación inminente.

Pablo se dirige a la comunidad de Tesalónica, que ha sufrido precisamente por haber abrazado con entusiasmo la fe que él les predicó. Ahora les exhorta a mantenerse orando y haciendo el bien, para que su espíritu no decaiga y su esperanza se consolide.

Promesas que se van a cumplir y compromisos que deberemos asumir ante la novedad que se avecina: esa es la doble noticia que nos da Juan el Bautista, reclamando nuestra respuesta esperanzada y sinceramente comprometida.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

El Mesías –”Ungido por Dios”– llega con una buena noticia para los pobres y cautivos. Sí, Dios está de su lado y quiere cambiar la tristeza en alegría. Dios quiere celebrar la fiesta de bodas con su pueblo. Por eso, llega el tiempo del regocijo y la celebración.

Lectura del libro de Isaías 61, 1-2. 10-11

El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, a proclamar un año de gracia del Señor. Yo desbordo de alegría en el Señor, mi alma se regocija en mi Dios. Porque él me vistió con las vestiduras de la salvación y me envolvió con el manto de la justicia, como un esposo que se ajusta la diadema y como una esposa que se adorna con sus joyas. Porque así como la tierra da sus brotes y un jardín hace germinar lo sembrado, así el Señor hará germinar la justicia y la alabanza ante todas las naciones.
Palabra de Dios.

(Sal) Cf. Lc 1, 46-50. 53-54
R. Mi alma se regocija en mi Dios.

Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora. En adelante todas las generaciones me llamarán feliz. R.

Porque el Todopoderoso ha hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo! Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen. R.

Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia. R.

II LECTURA

Cada una de estas exhortaciones nos señala alguna condición para vivir estos últimos días del Adviento: en alegría y oración, con discernimiento, bajo el soplo del Espíritu y en santa expectativa porque confiamos en que Jesucristo viene.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Tesalónica 5, 16-24

Hermanos: Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias a Dios en toda ocasión: esto es lo que Dios quiere de todos ustedes, en Cristo Jesús. No extingan la acción del Espíritu; no desprecien las profecías; examínenlo todo y quédense con lo bueno. Cuídense del mal en todas sus formas. Que el Dios de la paz los santifique plenamente, para que ustedes se conserven irreprochables en todo su ser –espíritu, alma y cuerpo– hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo. El que los llama es fiel, y así lo hará.
Palabra de Dios.
ALELUYA        Is 61, 1

Aleluya. El Espíritu del Señor está sobre mí; él me envió a llevar la buena noticia a los pobres. Aleluya.

EVANGELIO

 “Voz del que clama en el desierto”. Y esta imagen nos hace mirar a todas las realidades secas y yermas que nos rodean. ¡Falta agua! ¡Falta vida! ¡Falta corriente de sanación y dinamismo! Como Juan Bautista, seamos profetas de este tiempo nuevo que se acerca: el Mesías viene a rociarnos y renovarnos con el agua viva y el fuego de su Espíritu.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 1, 6-8. 19-28

Apareció un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino el testigo de la luz. Éste es el testimonio que dio Juan, cuando los judíos enviaron sacerdotes y levitas desde Jerusalén, para preguntarle: “¿Quién eres tú?”. Él confesó y no lo ocultó, sino que dijo claramente: “Yo no soy el Mesías”. “¿Quién eres, entonces?”, le preguntaron: “¿Eres Elías?”. Juan dijo: “No”. “¿Eres el Profeta?”. “Tampoco”, respondió. Ellos insistieron: “¿Quién eres, para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?”. Y él les dijo: “Yo soy una voz que grita en el desierto: Allanen el camino del Señor, como dijo el profeta Isaías”. Algunos de los enviados eran fariseos, y volvieron a preguntarle: “¿Por qué bautizas, entonces, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?”. Juan respondió: “Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes hay alguien al que ustedes no conocen: Él viene después de mí, y yo no soy digno de desatar la correa de su sandalia”. Todo esto sucedió en Betania, al otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Una promesa que viene de lejos

La encontramos en muchas profecías, pero es quizá Isaías el que con más nitidez y con más vigor la proclama. Anticipa ya la presencia del Mesías prometido, sobre el cual reposará el Espíritu de Dios para dar a todos la magnífica noticia de que se va a cumplir por fin lo que tantas veces se les prometió en el pasado.

Es una promesa que viene a remediar la situación precaria de aquellos a quienes se dirige: los pobres, los cautivos, los que tienen el corazón desgarrado, todos aquellos que experimentan un profundo malestar en medio del estado de cosas que les ha tocado vivir.

Como es natural, ese anuncio es fuente de alegría para sus destinatarios; pero no sólo para ellos, sino también para quien lo proclama, porque se siente solidario de sus hermanos. Y se trata, además, de una alegría que no sólo se disfruta por los beneficios obtenidos, sino porque la iniciativa es de Dios y el beneficiario se siente también destinatario de su solicitud.

Renace la alegría con la llegada de Cristo

Aquella promesa, que alimentó la esperanza de un pueblo a lo largo de los siglos, se ha ido cumpliendo paulatinamente a través de numerosas generaciones. Ha llegado a su cima en Jesucristo, en quien Dios ha llevado por fin a cabo su proyecto salvador. En beneficio de la humanidad entera y no sólo de una porción privilegiada de la misma.

Pablo invita ahora, por tanto, a la alegría con mayor motivo que cuando se habló a los antiguos. Y exhorta también a mantener un diálogo con Dios en el que tratemos de expresar el reconocimiento agradecido por los beneficios recibidos. Actitud que desemboca en un comportamiento alejado del mal, abierto al Espíritu y mensajero de una nueva profecía: prepararse para el final de los tiempos, todavía desconocido.

Porque, como dice el Apóstol: "El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas". ¿Pero es que todavía no se han cumplido? Es verdad que Cristo ha venido y ya no podemos esperar otro Mesías, otro Salvador. Pero él mismo, que realizó de principio a fin su misión personal sobre la tierra, anunció, al subir al cielo, que volvería definitivamente una segunda y última vez, cuando tenga lugar su aparición gloriosa (parusía) para llevar la historia a su consumación final (escatológica).

Un puente entre las dos venidas

El Adviento, que en las primeras semanas anuncia el desenlace final de nuestra historia terrena, en las últimas nos va preparando para revivir la primera venida de Jesús. Él es el Mesías esperado, a quien Juan el Bautista precedió con su predicación incisiva. Dios envió al precursor de su Hijo para que preparara el camino, porque la novedad era tan insólita que necesitaba un preludio profético.

Vivimos, sí, a la espera de la última venida del Señor, pero no podemos pretender que nuestra tarea se reduzca a dejar que el tiempo pase. Si la Iglesia repite, año tras año, esta espera ritual de la Navidad, es para recordarnos que, igual que los que escuchaban al Bautista, tenemos necesidad de prepararnos para un encuentro fecundo con Jesús.

Ese encuentro de cada año tiene que parecerse al que tuvieron con él sus discípulos cuando lo fueron conociendo. Su descubrimiento del Maestro no fue instantáneo. La luz se fue haciendo en ellos poco a poco. Necesitaron tiempo, intimidad y superar dificultades y prejuicios -además de la iluminación del Espíritu- para reconocerlo como su Salvador, sentirse transformados y obrar en consecuencia.

Jesús viene a nosotros cada año, no como vino en Belén ni como vendrá al final de este mundo, sino en una venida íntima y a la vez comunitaria, reconocible sólo en la fe y en el amor fraterno. La única capaz de colmarnos de gozo y de avivar nuestra esperanza.

ESTUDIO BÍBLICO.

I Lectura: Isaías (61,1-2.10-11): Nuestro futuro está en las manos de Dios

I.1. La primera lectura pertenece a la tercera parte del profeta Isaías (cc. 56-66) que refleja una época distinta de las dos anteriores del libro, aunque no hay posturas unánimes sobre cuándo y cómo surgieron estos textos. En todo caso, el de hoy, es uno de los más conocidos, ya que el evangelista Lucas lo ha aplicado con  acierto  a lo que Jesús leyó en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,16ss). ¿Para qué? Para describir la actividad del profeta definitivo que Dios había de enviar a anunciar la salvación a todos los hombres que sufren, a los corazones atribulados, la amnistía y la libertad a los encarcelados. En nuestra lectura, como sucede con la cita de Lucas en la sinagoga de Nazaret, se descarta la “venganza” de Dios y solamente se anuncia el “shenat ratsón”, el año o el tiempo favorable. En el futuro, que está en las manos de Dios, no caben venganzas ni calamidades. Hasta las ideas proféticas del AT deben serán corregidas por Jesús.

I.2. Por lo mismo, el que se haya elegido este texto como pórtico de la liturgia de la palabra, denota que el Adviento ha de tener el perfil de los grandes anuncios que crean esperanza y servirá para apoyar la confesión que Juan el Bautista -según el evangelio de Juan- nos ofrece en la lectura evangélica de hoy para describir a Jesús, el que ha de venir. Si el evangelio, si el Adviento en este caso, no es una buena noticia para los pobres, los ciegos, los que sufren, entonces no es un verdadero Adviento cristiano. El profeta se adueña de los sentimientos divinos, sentimientos de alegría, como novio y como novia en el día más grande de su amor, porque percibe ese día como un día de justicia para todos los pueblos.

II Lectura: Tesalonicenses (5,16-24): Semper gaudete (¡siempre alegres!)

II.1. La Primera carta a los Tesalonicenses, en este final que leemos  este domingo, insiste en la alegría como motivo predominante de la liturgia de hoy. El v. 16, “semper gaudete” ha dado nombre a este tercer domingo de Adviento. La Navidad está a las puertas y la alegría, como impulso del Adviento, siempre ha sido el perfil de identidad de este domingo. Pablo anima a la comunidad de Tesalónica a que no le falte el «espíritu» que es el soplo de la profecía y sirve para discernir lo bueno de lo malo, las noticias de esperanza frente a las noticias de augurios tenebrosos. La «parusía», la venida del Señor, debe sorprendernos en estas actitudes.

II.2. Pablo ha escrito gran parte de esta carta para aclarar algunas cosas sobre ese momento de la venida del Señor.  Para nosotros, la venida del Señor es un acontecimiento de gracia que hemos de vivir en la Navidad que ya está cerca. Debemos preparar todo nuestro ser, como dice el Apóstol, para que el misterio de la encarnación, que aconteció por nosotros, no sea en vano.  Pablo pone de manifiesto, en un proceso bien construido, las actitudes fundamentales ante estas cosas importantes: estad siempre alegres (pántote jaírete - semper gaudete), acción de gracias a Dios, no apagar el Espíritu para poder discernir lo malo de lo bueno.

II.3. Debemos destacar esto último que Pablo pide a la comunidad de Tesalónica: no apagar el Espíritu. En el contexto de aquella comunidad, que tuvo que padecer mucho y ser perseguida por aceptar el evangelio, es más relevante, si cabe. Porque no hay evangelio, buenas noticias, si no se anuncia proféticamente. Incluso en la adversidad hay que experimentar que Dios está de parte de la humanidad. Para ello se necesita tener el Espíritu, no apagarlo, como motivo de alegría.

Evangelio: Juan (1,6-8.19-28): Dar testimonio de la luz

III.1. El evangelio de hoy, como ya hemos apuntado, es una confesión de Juan el Bautista sobre Jesús. El testimonio de Marcos sobre Juan el Bautista es muy escueto. Por ello, en la liturgia se recurre a otras tradiciones cristianas. Los primeros versos de esta lectura evangélica podrían pertenecer con todo derecho al «prólogo» del evangelio, aunque literariamente surgen dificultades para que así sea. Es como el proemio a la narración del evangelio joánico que,  no obstante sus altos vuelos, no  prescinde de lo que parece históricamente adquirido: Jesús viene después del Bautista, quizás estuvo con él, pero su camino era otro bien distinto. Con Juan se cierra el AT y lo cierra el mismo Jesús anunciando el evangelio, no simplemente penitencia.

III.2. El Logos, la Palabra de Dios que se hizo carne por nosotros, que vino a los suyos, recibió el testimonio del profeta último del AT, pero los suyos no quisieron recibir la luz, porque esta luz iba a poner de manifiesto muchas cosas sobre el proyecto verdadero de la salvación. La luz es un término muy profundo en la teología joánica. El Bautista no era la luz, como algunos discípulos suyos pretendieron (y la polémica es manifiesta en el texto), sino que venía como “precursor”, como amigo del esposo. La segunda parte de esta lectura nos sitúa ya en la historia del Precursor que tuvo que aclarar que no era él quien había de venir para salvar, para iluminar, para dar la vida. El era la voz que gritaba en el desierto.

III.3. Está latente en el evangelio de Juan como un juicio entre la luz y las tinieblas, y el autor quiere partir del testimonio del Bautista para que su argumentación sea más decisiva. Su bautismo no era más que un rito penitencial de agua. «El que había de venir» traería algo definitivo que no quedaría solamente en penitencia, sino que llevaría a cabo el cumplimiento de lo que se anuncia en Is 61,1-10, como se nos ha leído previamente. No es otro el sentido que debe tener la reinterpretación que la liturgia de hoy nos brinda del texto profético y del evangelio joánico. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).




domingo, 10 de diciembre de 2017

DOMINGO 2º DE ADVIENTO CICLO B

“Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios”

Actualmente, son muchos los rostros desconsolados. Para constatarlo solo es preciso caminar con los ojos bien abiertos a través de los barrios de nuestras ciudades, por los lujosos y por aquellos que vergonzosamente ocultamos, establecidos al margen de nuestras ciudades. Los desconsuelos tienen nombres, causas y densidades distintas: soportar día tras día el sinsabor de una vida sin sentido; no poder asegurar los elementales gastos cotidianos para vivir sobriamente; convivir con un cuerpo o una mente enfermos sin remedio; padecer el aparente silencio de Dios, su fingida malévola indiferencia. Y tantos otros desconsuelos…

La esperanza es el clima característico de Adviento. Se trata de una esperanza activa, adulta, que nacida de la confianza recia en la fidelidad amorosa de Dios, compromete al creyente a crear, colaborando con él, una “tierra nueva” y unos “cielos nuevos”. La Navidad que preparamos es la celebración de esta novedad, primicia del hombre nuevo.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

Con estas palabras comienza una sección muy importante del libro de Isaías, que se llama “Libro de la consolación” y abarca muchos capítulos. El pueblo, desfallecido en el exilio obligado en Babilonia, alejado de su tierra, se siente abandonado por Dios y recibe ahora unas palabras de consuelo. Dios intervendrá para forjar el camino de regreso a casa. Así también ha de forjar nuestro corazón para que regrese a él.

Lectura del libro de Isaías 40, 1-5. 9-11

“¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo, dice su Dios! Hablen al corazón de Jerusalén y anúncienle que su tiempo de servicio se ha cumplido, que su culpa está pagada, que ha recibido de la mano del Señor doble castigo por todos sus pecados”. Una voz proclama: “¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios! ¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras los terrenos escarpados, en planicies! Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente”, porque ha hablado la boca del Señor. Súbete a una montaña elevada, tú que llevas la buena noticia a Sión; levanta con fuerza tu voz, tú que llevas la buena noticia a Jerusalén. Levántala sin temor, di a las ciudades de Judá: “¡Aquí está tu Dios!”. Ya llega el Señor con poder y su brazo le asegura el dominio: el premio de su victoria lo acompaña y su recompensa lo precede. Como un pastor, él apacienta su rebaño, lo reúne con su brazo; lleva sobre su pecho a los corderos y guía con cuidado a las que han dado a luz.
Palabra de Dios.

Salmo 84, 9-14

R. Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Voy a proclamar lo que dice el Señor. El Señor promete la paz, la paz para su pueblo y sus amigos. Su salvación está muy cerca de sus fieles, y la Gloria habitará en nuestra tierra. R.

El Amor y la Verdad se encontrarán, la Justicia y la Paz se abrazarán; la Verdad brotará de la tierra y la Justicia mirará desde el cielo. R.

El mismo Señor nos dará sus bienes y nuestra tierra producirá sus frutos. La Justicia irá delante de él, y la Paz, sobre la huella de sus pasos. R.

II LECTURA

En tiempos en que se escribió esta carta, muchos cristianos pensaban que, si Jesús aún no volvía, todo estaba perdido y todo era una mentira. El autor corrige esta creencia: Dios espera el tiempo oportuno para el retorno de su Hijo, mientras tanto, este es el tiempo de la esperanza, el compromiso y la entrega.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro 3, 8-14

Queridos hermanos, no deben ignorar que, delante del Señor, un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir lo que ha prometido, como algunos se imaginan, sino que tiene paciencia con ustedes porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan. Sin embargo, el Día del Señor llegará como un ladrón, y ese día, los cielos desaparecerán estrepitosamente; los elementos serán desintegrados por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, será consumida. Ya que todas las cosas se desintegrarán de esa manera, ¡qué santa y piadosa debe ser la conducta de ustedes, esperando y acelerando la venida del Día del Señor! Entonces se consumirán los cielos y los elementos quedarán fundidos por el fuego. Pero nosotros, de acuerdo con la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia. Por eso, queridos hermanos, mientras esperan esto, procuren vivir de tal manera que él los encuentre en paz, sin mancha ni reproche.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Lc 3, 4. 6

Aleluya. Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Todos los hombres verán la salvación de Dios. Aleluya.

EVANGELIO

La palabra “evangelio” significa “buena noticia”. De esta manera, comienza esta obra de Marcos. Él nos hace notar que Jesús es la Buena Noticia que viene a este mundo. ¿Por qué es buena noticia para nosotros? Porque nos ha liberado del pecado, de nuestro egoísmo y ambición. Es la Buena Noticia porque los desamparados del mundo ahora son llamados bienaventurados, y los sufrientes encuentran en él su descanso.

Ì Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 1, 1-8

Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios. Como está escrito en el libro del profeta Isaías: “Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino. Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”, así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados. Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo: “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios.

Este ha de ser hoy, me parece, el tono de nuestra predicación. Que sea una palabra cálida, restauradora, compasiva, dirigida “al corazón”, aconseja Isaías. Los motivos de esta consolación son –aclara él mismo- que Dios nos ha perdonado y ha pagado nuestra culpa. Este tono, que propongo para nuestra predicación, es muy oportuno para este Adviento 2017.

Actualmente, son muchos los rostros desconsolados. Para constatarlo solo es preciso caminar con los ojos bien abiertos a través de los barrios de nuestras ciudades, por los lujosos y por aquellos que vergonzosamente ocultamos, establecidos al margen de nuestras ciudades. Los desconsuelos tienen nombres, causas y densidades distintas: soportar día tras día el sinsabor de una vida sin sentido; no poder asegurar los elementales gastos cotidianos para vivir sobriamente; convivir con un cuerpo o una mente enfermo s sin remedio; padecer el aparente silencio de Dios, su fingida malévola indiferencia. Y tantos otros desconsuelos…

Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos

El Adviento no es, a pesar de todo, un tiempo para cruzar los brazos, dejarlos caer, y quedarse en el lamento, sin consuelo. Isaías y Juan el Bautista nos urgen a trabajar, a emprender una obra de reconstrucción: trazar en la estepa un sendero para el Señor, rellenar los valles y aplanar montañas y colinas, convertir en llanuras los terrenos escarpados… ¡Toda una obra de ingeniería a lo divino!

No cabe duda de que nuestro mundo necesita ser reconstruido para que aparezcan la tierra y los cielos nuevos, para del caos informe surja un cosmos bello. El mundo está demasiado agrietado y roto, la brecha entre ricos y pobres se agranda, los excluidos siguen permaneciendo al margen, la creación grita con dolores de parto por estar sometida al despilfarro y al desequilibrio. Y la comunidad humana está maltratada por la rivalidad, el egoísmo, por la tiranía del poder y la inapetencia por la gratuidad. Hemos de colaborar con el Creador a reconstruir el mundo.

Súbete a lo alto de un monte, tú que llevas la buena nueva a Sión y levanta con fuerza tu voz

Sí, hay que subir a una montaña alta y gritar: “¡Aquí está tu Dios¡”. Subir a lo alto de un monte no es ausentarse cobardemente del mundo o alejarse de los peregrinos que caminan a su aire buscando sus destinos; subir a lo alto de un monte es tratar de ver mejor, con mayor precisión y perspectiva; es encontrar la atalaya desde donde el mensaje puede ser mejor escuchado. “Gritar”, “alzar la voz, “gritar en el desierto” es el timbre de la voz profética, de la voz de adviento.

Preparar la Navidad para los desconsolados

Eso, solo lo saben hacer quienes creen en el nacimiento de la Palabra hecha carne, porque la navidad sin el nacimiento de Jesús sería una contradicción que agrandaría el desaliento de los desconsolados. Las calles de nuestras ciudades, ataviadas ya de luces de colores, de estrellas y de papás Noel con sus largas barbas bancas anuncian unas navidades sin que el Niño nazca. Además de desconsuelo pueden acabar tristemente en amarga frustración.

La única Navidad que consuela es la verdadera. Esa que los profetas señalan con la palma de sus manos, gritando “Aquí está tu Dios” y señalan el rostro del niño recién nacido en el portal de Belén. Pero, el “portal” ya no es hoy solamente María, José y el niño, el buey y la mula. Es el barrio pobre que aplaude a la luz nueva, el corazón que perdona a quien le hizo daño y heridas, la violencia que da paso a la paz, los alejados que se abrazan. Es Dios que a todos nos abraza en su Hijo. Nos quedan varias semanas para preparar la Navidad verdadera, la que en verdad consuela.


ESTUDIO BÍBLICO.

I Lectura: Isaías (40,1-5.9-11): El consuelo, camino de nuestro Dios

I.1. La primera lectura es el maravilloso canto de la consolación que el Segundo Isaías lanza en medio del pueblo desterrado en Babilonia. El “segundo Isaías” no tiene nombre, está inserto en el libro que lleva el nombre de un maestro, pero es un profeta nuevo para una situación de nueva. El exilio había tirado por tierra todas las teologías y las seguridades religiosas que hasta entonces se habían hecho sobre el Dios de Israel. Eso significaba poner en entredicho el mismo credo fundacional, en el que se confiesa que Yahvé se comprometió a sacar al pueblo de la esclavitud de Egipto y llega hasta a hacer una «Alianza» con un grupo que no era nada en la historia de la humanidad, ignorando a los grandes pueblos y a las grandes culturas. El Deutero-Isaías, pues, vuelve a poner las cosas en su sitio y se atreve, en medio de aquella situación desesperada de los desterrados, a hacer una promesa y a proponer una teología renovada en la que el Dios de la liberación de Egipto volvía a revocar su Alianza como amor al pueblo.

I.2. Por eso se debe allanar el sendero, para que el pueblo vuelva bajo la experiencia de una nueva liberación que es tan prodigiosa y más que la primera, la del Éxodo de Egipto. Aquí está Dios de nuevo -dice el profeta-, porque no puede resistirse al clamor de los oprimidos y de los que sufren. Dios no falla nunca, aunque el pueblo haya sido infiel. Por eso el Adviento es tiempo de consolación y esperanza. Estas palabras toman cuerpo para una nueva esperanza, que es algo que necesitamos siempre. El camino del Señor (derek yahweh) es como el marco de la nueva liberación. Y por eso ha venido a ser uno de los símbolos decisivos del Adviento. Hay que comenzar de nuevo a andar el camino del retorno, de la nueva liberación y esto solamente puede hacerse con y desde la esperanza.

I.3.  En otro momento dirá este profeta, “mis caminos no son vuestros caminos” (Is 55,10-11), porque es verdad que el profeta sabe ver los caminos de Dios con más lucidez que los hombres normales. Todo el mundo entiende qué es el camino de Dios, el que lleva a la vida, a la felicidad. Sabemos que en la mentalidad del profeta esto quiere decir que Dios se compromete, con la vuelta del destierro, a una nuevo Éxodo, el momento mágico y definitivo de la libertad frente a la esclavitud, de la vida frente a la muerte, de la paz frente a la guerra, la justicia frente a la impiedad. No es solamente volver a Jerusalén, tener un templo para dar culto a Dios. Los profetas son más utópicos que todo eso. La humanidad solamente tiene futuro en el camino de Dios que hay que preparar y recorrer.

II Lectura: 2Pedro (3,8-14): El día del Señor, más allá del tiempo

II.1. La segunda lectura está tomada de uno de los escritos más tardíos del NT; conoce las cartas de Pablo y algunas otras. Se piensa que ha sido escrita para afrontar los problemas que suponía la dilación de la venida del Señor, cuando se había esperado ansiosamente. Su mundo conceptual carece de los planteamientos vivos de la primera y de la segunda generación cristianas y asoman en su perfil la trazas apocalípticas frente a doctrinas que pueden ser peligrosas para aquellos momentos (s. II).

II.2. Es verdad que todo el texto y mensaje tienen su punto álgido en la afirmación de que para Dios el tiempo es relativo: un día es como mil años. Y, de la misma manera, la apelación a la paciencia de Dios con nosotros supera toda otra afirmación apocalíptica de carácter temporal o catastrófico. Porque después de tanto tiempo, podemos estar en lo cierto, teológicamente hablando, cuando creemos que Dios no consumará la historia por una destrucción, sino por una transformación, en la que debe estar implicada especialmente la transformación de nuestra propia vida personal.

Evangelio: Marcos (1,1-8): El camino de Dios es el evangelio

III.1. Se inicia en todos los sentidos el evangelio de Marcos. Como prólogo sirve para marcar las diferencias y los vínculos con el AT. Para ello se ha valido de la figura de Juan Bautista, que es una figura señera del Adviento. Históricamente, sabemos que Juan el Bautista predicó la llegada de un tiempo decisivo, que él mismo no podía alcanzar a ver con toda su radicalidad; pero de la misma manera que el AT es la preparación del NT, Juan resume toda esta función. Marcos (quien sea esta figura del cristianismo primitivo) escribe una obra que llama “evangelio”, buena noticia, ¡toda una proeza!. Pero esa buena noticia está en contraste con muchas cosas del pasado, las mejores de las cuales las representa en este instante el profeta del desierto, Juan el Bautista.

III.2. El Bautista era un profeta apocalíptico, y en el texto se nos describe con los rasgos del gran profeta Elías (2 Re 1,8, Mal 3,23), por eso no podrá entender plenamente la grandeza del evangelio que viene, incluso después de haber bautizado a Jesús. Juan está en el desierto, y el desierto es sólo una etapa de la vida del pueblo; es un símbolo de retiro, de penitencia, de conversión. El desierto es lo que está antes de la “tierra prometida”, y así hay que interpretarlo como semiótica certera. Pero también es verdad que es un marco adecuado para anhelar y desear algo nuevo y radical. Eso le sucede a Juan: presiente que algo nuevo está llegando... para lo que pide conversión.


III.3. Pero la conversión cristiana, la que propondrá Jesús, debe llevar también el signo de la alegría. No obstante, los cristianos, cuando tuvieron que revisar la misma predicación de Juan el Bautista, supieron dotarla de los elementos teológicos que marcaban la diferencia entre lo que él hacía y lo que haría aquél al que no era capaz de desatar la sandalia de sus pies. El bautismo de Juan y el bautismo cristiano están diferenciados por el Espíritu; no se trata solamente de penitencia. Los que seguían a Juan debían renunciar a su pasado. Los que siguen a Jesús, además de eso, tendrán un “espíritu” nuevo. Por lo mismo, y aunque Juan representa lo mejor del AT, también la esperanza que mana del mismo queda alicorta con respecto a lo que Jesús ha traído al mundo. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.). 

viernes, 8 de diciembre de 2017

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA


“Alégrate, llena de gracia…”

Celebramos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María. Fue el 8 de diciembre de 1854 cuando el Papa Pío IX, por medio de la Bula Ineffabilis Deus, proclama este dogma para toda la Iglesia. Es el punto de llegada de una amplia reflexión que venía de siglos atrás y que tuvo momentos de “apasionada dialéctica”, lo cual contribuyó a definir con mayor claridad este dogma que forma parte del “Misterio de María”.

La expresión “llena de gracia”, con la que Gabriel saluda a la Virgen en el relato lucano de la Anunciación, es fundamental para la comprensión de este dogma mariano. Esta expresión, constituye el dato revelado que permite desarrollar un discurso teológico sobre la Virgen María en cuanto “inmaculada”, según la Iglesia Occidental, o “pan-hagia”, “plenamente santa”, según la Iglesia Oriental. Dos expresiones distintas para referir un mismo misterio.

En España se vivió con especial devoción este dogma, aún antes de ser proclamado. El siglo XVII constituyó su punto álgido, pues en no pocos sitios de nuestra geografía se proponía y defendía el llamado “voto inmaculista”.

Lo que afirma el dogma es que María, “en virtud de los méritos de Jesucristo Redentor, fue preservada sin mancha del pecado original desde el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios…” Lo que celebramos hoy es la grandeza de la gracia de Dios que en la Virgen María se desborda, preservándola del pecado original, como fruto anticipado de la redención de Jesucristo. Ella es así la “primera redimida”. Y todo en orden a su “misión crucial” en la historia de la Salvación al ser escogida por Dios como madre de su Hijo, el Verbo encarnado. Purísima había de ser… la que nos diera al Cordero inocente… (Cf. Prefacio). Ella es la “Aurora preciosa” que anuncia la llegada del Sol de salvación: Jesucristo. María constituye, en su Inmaculada Concepción, el primer destello de la Luz que es y trae el Señor.

Al inicio todavía del tiempo de Adviento, esta fiesta grande de María nos coloca ya ante la Navidad del Señor, para acelerar nuestra preparación llenando de sentido y contenido nuestra esperanza.


DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I Lectura

El texto nos hace contemplar nuestra debilidad, toda la fragilidad humana expresada en estas reacciones. El pecado, la culpa, el esquive a la responsabilidad sobre los actos. Y, a la vez, la respuesta de Dios, que enfrenta a esta pareja con su propia vida. Desde su gran misericordia, Dios promete que esta lucha constante algún día terminará. En ese día, el mal no podrá siquiera morder el talón de la humanidad restaurada.

Lectura del libro del Génesis 3, 9-15. 20

Después que el hombre y la mujer comieron del árbol que Dios les había prohibido, el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: “¿Dónde estás?”. “Oí tus pasos por el jardín, respondió él, y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí”. Él replicó: “¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que yo te prohibí?”. El hombre respondió: “La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él”. El Señor Dios dijo a la mujer: “¿Cómo hiciste semejante cosa?”. La mujer respondió: “La serpiente me sedujo y comí”. Y el Señor Dios dijo a la serpiente: “Por haber hecho esto, maldita seas entre todos los animales domésticos y entre todos los animales del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre, y comerás polvo todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón”. El hombre dio a su mujer el nombre de Eva, por ser ella la madre de todos los vivientes.
Palabra de Dios.
Salmo 97, 1-4

R. ¡Canten al Señor un canto nuevo, porque él hizo maravillas!

Canten al Señor un canto nuevo, porque él hizo maravillas: su mano derecha y su santo brazo le obtuvieron la victoria. R.

El Señor manifestó su victoria, reveló su justicia a los ojos de las naciones: se acordó de su amor y su fidelidad en favor del pueblo de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado el triunfo de nuestro Dios. Aclame al Señor toda la tierra, prorrumpan en cantos jubilosos. R.

II LECTURA

“Un concepto importante en la Carta a los Efesios es que Cristo une el cielo y la tierra y que la Iglesia, su Cuerpo, llena este nuevo espacio cósmico. La creación de ese nuevo espacio, nuevo mundo, y nuevo cosmos, es fundamental en este escrito del Nuevo Testamento”.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso 1, 3-6. 11-12

Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en él, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor. Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido. En él hemos sido constituidos herederos, y destinados de antemano, según el previo designio del que realiza todas las cosas conforme a su voluntad, a ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo, para ser alabanza de su gloria.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Cf. Lc 1, 28

Aleluya. Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres. Aleluya.

EVANGELIO

 “Es dulce y piadoso creer que la infusión del alma de María se efectuó sin pecado original, de modo que en la mismísima infusión de su alma ella fue también purificada del pecado original y adornada con los dones de Dios, recibiendo un alma pura infundida por Dios; de modo que, desde el primer momento que ella comenzó a vivir fue libre de todo pecado” (Martin Lutero, Sermón “Sobre el día de la Concepción de la Madre de Dios”, 1527).

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 1, 26-38

El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: “¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin”. María dijo al Ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?”. El Ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios”. María dijo entonces: “Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra”. Y el Ángel se alejó.
Palabra del Señor.


MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Responsabilidad en la libertad

El pecado es la falta de responsabilidad en la libertad. Dios nos creó libres. No quiso robots programados sino hijos libres. Pero no fuimos responsables ante tan maravilloso don y lo desvirtuamos con una voluntad inmadura y caprichosa. Ahí está la raíz del pecado, tan interiorizada en el ser humano, que se convirtió en inclinación a abusar de esta libertad. Pero Dios es misericordioso y el que nos creo por amor no nos dejaría a nuestra suerte. Dios pone semillas de redención en medio de esta situación de “caída”... pues “la estirpe de la mujer… herirá la cabeza de la serpiente…” Seríamos redimidos, liberados de la fuerza del pecado que esclaviza nuestra libre pero débil voluntad. Contemplamos ya  “Evangelio”, “Buena Noticia”, desde esta situación del principio. Es el mensaje que encierra el pedagógico pasaje del Génesis desde unas imágenes llenas de dramatismo y esperanza a la vez.

Jesús es el Cordero de Dios que viene a quitar el pecado del mundo, a sanar de raíz nuestra libertad herida, a enseñarnos a ser responsables ante el don de la libertad que nos ha hecho el Padre. Él viene a orientar nuestra voluntad libre por caminos que, lejos de esclavizarnos, nos sanan y plenifican porque nos llevan de nuevo a Dios. Y María, preservada por Dios de esa herida original, es la porción preciosa de nuestra humanidad, limpia y dispuesta, escogida y cuidada por la Gracia para que pudiera germinar en Ella, en carne, la Palabra Salvadora, Redentora y Liberadora: Cristo.

Cantad al Señor

¡Cómo no cantar al Señor por todas las maravillas que ha hecho por nosotros…! El salmo 97 nos sirve para ensalzar a Dios, rico y poderoso en su gracia. En Cristo Salvador y en María Inmaculada ha mostrado a todos la justicia de su misericordia y su fidelidad. ¡Gritad, vitoread, tocad! pues el Victorioso nos ha hecho a nosotros, en Cristo, vencedores.

Elegidos, bendecidos, constituidos Hijos en Cristo

En Cristo, Dios se ha desbordado para con nosotros. Nos ha elegido, bendecido y constituido en “hijos”. En Cristo, “santos e irreprochables por el amor”. Esa es nuestra vocación, la que vemos cumplida ya en María. Ella es ese precioso espejo donde nos podemos mirar cada día para que la “gloria de la gracia divina”, tan generosamente concedida a nosotros por Cristo, y especialmente manifestada en la Virgen, redunde en alabanza suya.

Hágase

La “Llena de gracia” responde. Con su libertad asiente… “Hágase”… Cree y confía por eso dice “sí”. María es responsable, desde su voluntad libre, a la maravillosa efusión de gracia que recibe en virtud de su Hijo, concebido por obra del Espíritu Santo. María, con su sí, anuncia la llegada del Sí que nos salva, el de Cristo, y marca el inicio de un nuevo comienzo. Todo empieza de nuevo. María nos mueve hoy a renovar el sí de nuestra fe que neutraliza el pecado en nosotros y nos hace responsables, desde nuestra libertad, ante tanta gracia de Dios que hemos recibido por Cristo. En efecto es un día para el gozo y la alegría: ¡alégrate…!


ESTUDIO BÍBLICO.

El Señor hizo en mí maravillas ¡Gloria al Señor!

La festividad de la Inmaculada, en medio del Adviento, desata, religiosamente hablando, todos los resortes más sensibles y utópicos de lo que ha perdido la humanidad. Si analizamos todo ello psicológicamente, habría que recurrir a muchos elementos culturales, ancestrales, pero muy reales, del pecado y de la gracia. El contraste entre la mujer del Génesis que se carga de culpabilidad y la mujer que aparece en la Anunciación, resuelve, desde el proyecto del Dios del amor, lo que las culturas antifeministas o feministas no pueden resolver con discusiones estériles.

I Lectura: Génesis (3,9-15.20): El egoísmo del pecado

I.1. La primera lectura de Génesis 3,9-15.20 es la exposición catequética y teológica de un autor llamado "yahvista" (la tesis más extendida), que se limita a poner por escrito toda la tradición religiosa de siglos, en ambientes culturales diversos, sobre la culpabilidad de la humanidad: Adán-Eva. Lo prohibido o lo vedado nos abruma, nos envuelve, nos fascina, nos empapa en libertad desmesurada, hasta que vemos que estamos con las manos vacías. Entonces empiezan las culpabilidades: la mujer, el ser débil frente al fuerte, como ha sucedido en casi todas las culturas, carga con más culpa por parte del varón, pero no por parte de Dios. Y por medio aparece el mito de la serpiente, como símbolo de una inteligencia superior a nosotros mismos, que no es divina, pero lo parece.

I.2. Es muy razonable que debamos desmitologizar muchas cosas del relato, pero eso no quiere decir que esté falto de sentido. Es verdad que hoy no podemos concebir que el "pecado original" consista en comer o no comer de un árbol prohibido. Pero el relato deja ciertas pistas que son elocuentes: el ser humano, instigado por la serpiente, quiere absolutizar su vida, quiere absolutizarse a sí mismo y apoderarse de lo creado como un ser divino, prescindiendo del Dios creador. A la vez, la "experiencia de alteridad" se muestra en que el otro es peor que yo; esto sí que explica muchos males en la historia de la humanidad. Así comienza un camino de despropósitos, sencillamente porque el ser humano, con su chispa divina en el corazón y en el alma, no es nada sin Dios. ¿Quién podrá devolver a la humanidad todo su sentido? Dios mismo, pero cuando la humanidad se abra profundamente a su creador.

I. 3. El mal siempre ha sido descrito míticamente. Pero en realidad el mal lo hacemos nosotros y lo proyectamos al que está frente de nosotros, especialmente si es más débil, según la una visión cultural equivocada. ¿Quién podrá liberarnos de ello? Siempre se ha visto en este texto una promesa de Dios; una promesa para que podamos percibir que el mal lo podemos vencer, sin proyectarlo sobre el otro, si sabemos amar y valorar a quien está a nuestro lado; en este caso el hombre a la mujer y la mujer al hombre.

II Lectura: Efesios (1,3-6.11-12): Dios nos ha destinado a ser hijos

II.1. La segunda lectura se toma del himno de Efesios. Los himnos del NT se cantaban como confesiones de fe, en alabanza al Dios salvador, que por Jesucristo se ha revelado a los hombres. Esta carta que se atribuye a Pablo, o a uno de sus discípulos mejor, ha recogido este himno en el que se nos presenta a Cristo ya desde los orígenes, antes incluso de la creación el mundo y con Cristo se tiene presente a toda la humanidad. Se alaba a Dios porque, en Cristo, nos ha elegido para ser santos y sin tacha (diríamos sin pecado) en el amor. Como santos nos parecemos a Dios, y por eso estamos llamados a vivir sin la culpabilidad y el miedo del pecado. Esto lo logra Dios en nosotros por el amor. Porque Dios nos ha destinado a ser sus hijos, no sus rivales.

II.2. Por lo mismo, esa historia de culpabilidades entre los fuertes y los débiles, entre hombre y mujer, es atentar contra la dignidad de la misma creación. Cristo, pues, viene para romper definitivamente esa historia humana de negatividad, y nos descubre, por encima de cualquier otra cosa, que todos somos hijos suyos; que los hijos de Dios, hombre o mujer, esclavos o libres, estamos llamados a la gracia y al amor. Esta es nuestra herencia.

Evangelio: Lucas (1,26-38): La respuesta a la gracia, cura el pecado

III.1. El evangelio de la "Anunciación" es, sin duda, el reverso de la página del Génesis. Así lo han entendido muchos estudiosos de este relato maravilloso lleno de feminismo y cargado de símbolos. Aunque aparentemente no se usen los mismos términos, todo funciona en él para reivindicar la grandeza de lo débil, de la mujer. Para mostrar que Dios, que había creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, tiene que decir una palabra definitiva sobre ello. Es verdad que hay páginas en el mundo de la Biblia que están redactadas desde una cultura de superioridad del hombre sobre la mujer. Pero hay otras, como este evangelio, que dejan las cosas en su sitio. Cuando Dios quiere actuar de una forma nueva, extraordinaria e inaudita para arreglar este mundo que han manchado los poderosos, entonces es la mujer la que se abre a Dios y a la gracia.

III.2. Se han hecho y se pueden hacer muchas lecturas de este relato asombroso. Puede ser considerado como la narración de la vocación a la que Dios llama a María, una muchacha de Nazaret. Todo en esta aldea es desconocido, el nombre, la existencia, e incluso el personaje de María. Es claro que, desde ahora, Nazaret es punto clave de la historia de la salvación de Dios. Es el comienzo, es verdad, no es final. Pero los comienzos son significativos. En el Génesis, los comienzos de la "historia" de la humanidad se manchan de orgullo y de miedo, de acusaciones y de despropósitos. Aquí, en los comienzos del misterio de la "encarnación", lo maternal es la respuesta a la gracia y abre el camino a la humanización de Dios. María presta su seno materno a Dios para engendrar una nueva humanidad desde la gracia y el amor. ¿Cómo? Entregando su ser humano a la voluntad de Dios. Querer decir más sería entrar en una elucubración de conceptos y afirmaciones "dogmáticas" que nos alejarían del sentido de nuestro relato.

III.3. El relato tiene todo lo mítico que se necesita para hablar de verdades profundas de fe (si aparece un ángel es por algo); no debemos ser demasiado "piadosillos" en su interpretación. En realidad todo acontece de parte de Dios, pero no en un escenario religioso. Por eso es más asombrosa esta narración que, sin duda, tiene de histórico lo que le sucede a María en su vida. Ella es una criatura marginal que ha sido elegida por Dios, y esto es tan real como histórico. Su hijo será también un judío marginal. Es un relato que no está compuesto a base de citas bíblicas, pero sí de títulos cristológicos: grande, Hijo del Altísimo, recibirá el trono de David su padre. Todo eso es demasiado para una muchacha de Nazaret. Y todo ocurre de distinta manera a como ella lo había pensado; ya estaba prometida a un hombre. Ella pensaba tener un hijo, ¡claro!, pero que fuera grande, Hijo del Altísimo y rey (Mesías en este caso), iba más allá de sus expectativas. Pero sucede que cuando Dios interviene, por medio del Espíritu, lo normal puede ser extraordinario, lo marginal se hace necesario. Esa es la diferencia entre fiarse de Dios como hace esta joven de Nazaret o fiarse de "una serpiente" como hizo la mítica Eva.

III.4. María de Nazaret, pues, la "llena de gracia", está frente al misterio de Dios, cubierta por su Espíritu, para que su maternidad sea valorada como lo más hermoso del mundo. Sin que tengamos que exagerar, es la mujer quien más siente la presencia religiosa desde ese misterio maternal. Y es María de Nazaret, de nuestra carne y de nuestra raza, quien nos es presentada como la mujer que se abre de verdad al misterio del Dios salvador. Ni los sacerdotes, ni los escribas de Jerusalén, podían entenderlo. La "llena de gracia" ( kejaritôménê ), con su respuesta de fe, es la experiencia primigenia de la liberación del pecado y de toda culpa. Dios se ha hecho presente, se ha revelado, a diferencia del Sinaí, en la entraña misma de una muchacha de carne y hueso. No fue violada, ni maltratada, ni forzada... como otras como ella lo eran por los poderosos soldados de imperio romano que controlaban Galilea. Fue el amor divino el que la cautivo para la humanidad. Por eso, en un himno de San Efrén (s. IV) se la compara con el monte Sinaí, pero el fuego devorador de allí y la llama que los serafines no pueden mirar, no la han quemado. Esta "teofanía" divina es otra cosa, es una manifestación de la gracia materna de Dios. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).


domingo, 3 de diciembre de 2017

DOMINGO 1º DE ADVIENTO - CICLO B

“Miren, vigilen: pues no saben cuándo es el momento”

Este domingo inauguramos en la liturgia un nuevo Ciclo, B. Adviento nos habla de la venida del Señor y la necesidad de estar preparados para tal acontecimiento. La realidad más profunda es que siempre está en y con nosotros, incluso antes de la creación del mundo.

La liturgia de la Palabra es una oportunidad diaria para mirar con ojos de fe las realidades envolventes, para relacionar nuestra existencia con el Dios creador y toda la creación, y sorprendernos dentro del conjunto, con un itinerario personalizado y unas relaciones humanas que hemos de cultivar acertadamente hacia un destino gozoso, que ya ha comenzado en esta etapa terrena, y a la vez definitiva.

DIOS NOS HABLA. ESCUCHAMOS SU PALABRA.

I LECTURA

El autor del texto comienza y termina reconociendo a Dios como “nuestro padre”. En los versículos del medio reconoce el pecado y la necesidad de ser redimidos. Como solo Dios puede redimir, el profeta apela a la misericordia del Padre, porque el hombre no puede liberarse a sí mismo de su pecado.

Lectura del libro de Isaías 63, 16-17. 19; 64, 2-7

¡Tú, Señor, eres nuestro padre, “nuestro Redentor” es tu Nombre desde siempre! ¿Por qué, Señor, nos desvías de tus caminos y endureces nuestros corazones para que dejen de temerte? ¡Vuelve, por amor a tus servidores y a las tribus de tu herencia! ¡Si rasgaras el cielo y descendieras, las montañas se disolverían delante de ti! Cuando hiciste portentos inesperados, que nadie había escuchado jamás, ningún oído oyó, ningún ojo vio a otro Dios, fuera de ti, que hiciera tales cosas por los que esperan en él. Tú vas al encuentro de los que practican la justicia y se acuerdan de tus caminos. Tú estás irritado, y nosotros hemos pecado, desde siempre fuimos rebeldes contra ti. Nos hemos convertido en una cosa impura, toda nuestra justicia es como un trapo sucio. Nos hemos marchitado como el follaje y nuestras culpas nos arrastran como el viento. No hay nadie que invoque tu Nombre, nadie que despierte para aferrarse a ti, porque tú nos ocultaste tu rostro y nos pusiste a merced de nuestras culpas. Pero tú, Señor, eres nuestro padre; nosotros somos la arcilla, y tú, nuestro alfarero: ¡todos somos la obra de tus manos!
Palabra de Dios.

Salmo 79, 2-3. 15-16. 18-19

R. Restáuranos, Señor del universo.

Escucha, Pastor de Israel, tú que tienes el trono sobre los querubines, reafirma tu poder y ven a salvarnos. R.

Vuélvete, Señor de los ejércitos, observa desde el cielo y mira: ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano, el retoño que tú hiciste vigoroso. R.

Que tu mano sostenga al que está a tu derecha, al hombre que tú fortaleciste, y nunca nos apartaremos de ti: devuélvenos la vida e invocaremos tu Nombre. R.

II LECTURA

Comentario
Estos cristianos están en actitud de espera, una espera vigilante, atenta, perseverante, hasta que llegue el momento del encuentro definitivo con Cristo. Es que la vida cristiana es un camino que tiene un objetivo: participar de la misma vida de Jesucristo.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo los cristianos de Corinto 1, 3-9

Hermanos: Llegue a ustedes la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. No dejo de dar gracias a Dios por ustedes, por la gracia que él les ha concedido en Cristo Jesús. En efecto, ustedes han sido colmados en él con toda clase de riquezas, las de la palabra y las del conocimiento, en la medida que el testimonio de Cristo se arraigó en ustedes. Por eso, mientras esperan la Revelación de nuestro Señor Jesucristo, no les falta ningún don de la gracia. Él los mantendrá firmes hasta el fin, para que sean irreprochables en el día de la Venida de nuestro Señor Jesucristo. Porque Dios es fiel, y él los llamó a vivir en comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.
Palabra de Dios.

ALELUYA        Sal 84, 8

Aleluya. ¡Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación! Aleluya.

EVANGELIO

Mientras esperamos la manifestación definitiva de Jesús, cada uno de nosotros debe trabajar en este tiempo por el Reino. La vigilancia y el trabajo serán entonces las actitudes que definan la vida del cristiano.

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 13, 33-37

Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela. Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa: si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos. Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!”.
Palabra del Señor.

MEDITAMOS LA PALABRA DE DIOS.

Pudiera constituir demasiado atrevimiento enfocar nuestra reflexión desde las pautas del Papa Francisco invitando a toda la Iglesia a secundar un camino de conversión, de itinerancia del Pueblo de Dios, reunido en la unidad del Padre del Hijo y del Espíritu Santo. Método bien conocido VER-JUZGAR-ACTUAR en momentos sucesivos, pero con ciertas peculiaridades cristianas: Mirar desde la fe; juzgar con esperanza, y actuar con misericordia.

Primero: Mirar desde la fe

A los creyentes corresponde una interpretación y discernimiento sensato y comprometido de la Palabra de Dios: Descubrir a Dios como Padre, como Libertador. Vuélvete por amor a tus siervos y a las tribus de Israel, (nos dice Isaías); aparta nuestras culpas y seremos salvos. ¡Señor, tú eres nuestro padre; nosotros la arcilla y tú el alfarero! ¡Señor Dios nuestro, restáuranos! Jesús, Cristo, muerto y resucitado, nos ayuda a descubrir su humanidad, igual a la nuestra; murió para defender la Verdad y Ser y llamarse Jesús, Salvador, Hijo de Dios, Mesías esperado.

Segundo: Juzgar

Tomando como punto de partida la plenitud de Cristo, pasamos a considerar aquello que está ya realizado en cada uno de nosotros, (no aquello que falta en relación con esa plenitud). Es la perspectiva de un crecimiento,  madurez continuada en la espiritualidad más profunda, que se inició al comienzo de la existencia, continuó sobre todo con el bautismo y los sacramentos, y afecta a la totalidad del propio ser.

La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sean con vosotros, dice san Pablo. Os tengo presentes, por la gracia que Dios os ha dado; pues por él habéis sido enriquecidos en todo en Cristo Jesús… Él os mantendrá firmes hasta el final. … Y es fiel en sus promesas. Lo finito, por su humanidad biológica, se rellena de vida definitiva en nosotros, por la condición de hijos de Dios por adopción.

Obras: El método itinerante

Dice el Papa, que para acompañar al hombre de hoy, la Iglesia, Maestra de Verdad y Madre de misericordia, ha de ser también Hermana en el Camino. Así muestra Jesús la condescendencia divina con su gracia, transforma los corazones endurecidos con la misericordia, y los guía a través del misterio Pascual.

El amor de caridad, ágape, ha de integrar los amores humanos (sensibles y racionales) en la conversión a la Buena noticia del Evangelio, que el adviento nos apunta. Abolida la ley mosaica, el amor-nuevo de Jesús es gradual, en el tiempo y calidad: Es capaz de llevarnos, por la ayuda divina, a la superación de egoísmos de forma paulatina, con la generosa y perseverante cooperación personal. Suficiente para superar las nuevas situaciones conflictivas que podamos encontrar en el quehacer cotidiano.

Sugerencias

Podríamos hablar de una auténtica “evolución mística cristiana”.

Invitados por vocación a un itinerario personalizado y universal en la Iglesia, con mirada de libertad evangelizadora, y la ayuda de la gracia para llevar a cabo la misión encomendada dentro del Pueblo de Dios, Cuerpo místico de Cristo.

Estamos llamados a una conversión profunda y vida espiritual  integradora de las virtudes y dones que Dios-amor reparte a cada uno de sus hijos: evitemos las comparaciones, estimulados a “hacer lo que nos toca hacer” en cada momento, con humildad.

Cultivemos las respuestas samaritanas hacia la persona lastimada, convertidos en prójimos: Algo gradual en el tiempo, sin medir y evaluar al modo humano los servicios prestados y frutos obtenidos, “setenta veces siete si fuera necesario”.

Ayuda mutua fraterna. Para caminar en fidelidad y comunión en la Iglesia hay grupos, asociaciones de distinta índole, miembros del cuerpo místico: Serán puntos de apoyo necesarios para realizar la misión que nos corresponda llevar a cabo.

ESTUDIO BÍBLICO.

Comenzamos desde ahora un nuevo tiempo litúrgico y el Adviento nos pone en sintonía con las realidades de espera y esperanza que no se pueden sostener, desde luego, en la impronta que marca a una generación frustrada. El Adviento es todo un símbolo que sirve para defender la dignidad de los hombres, de nuestra naturaleza, de nuestras posibilidades e inteligencia, no a costa de Dios, sino porque aceptamos que la humanidad no tiene futuro sin el Dios del Adviento, el Dios de la encarnación, el Dios que lo da todo por nosotros. El Adviento, que viene de parte de Dios como diálogo previo de la Encarnación, es una llamada a deshacer el "infierno de las tinieblas" que a veces nosotros, la humanidad, provocamos de mil formas y maneras.

Iª Lectura: Isaías (63,16-17;64,1.3-8): Dios Redentor y Padre

I.1. La primera lectura está entresacada del libro de Isaías (63,16-17;64,1.3-8), y es la reflexión de un profeta (conocido por muchos como Tercer Isaías) que después del exilio de Babilonia sabe lo que es la crisis de identidad de su pueblo. Un pueblo que vive sin Dios, buscando simplemente subsistir, no tiene futuro, porque no tiene esperanza. El profeta, puesto en lugar de los sencillos y de las almas anhelantes, nos ofrece un "credo" majestuoso sobre quién es Dios: nuestro padre y nuestro redentor. (Qué anhelo tan fuerte se siente! Quiere que el cielo se rasgue y baje Dios en persona... Y ya percibe el profeta que esto ha sucedido.

I.2. Efectivamente Dios no se ha quedado en su cielo, sino que ha bajado para ser uno de nosotros y enseñarnos a practicar la justicia y la solidaridad. Este Dios ha venido para salvarnos y liberarnos. Esto sucedió, en realidad, en el s. I, con Jesús de Nazaret, el profeta nuevo de Galilea, desde cuando comienza a contarse una historia nueva. Pero muchos siglos antes, hombres, profetas como el Trito-Isaías, lo intuyeron como si lo estuvieran viendo con sus ojos.  Desafiando, incluso, la memoria de los padres del pueblo, Abrahán e Israel (considerando éste como uno de los antepasados) que ya no pueden proteger a los suyos (son solo recuerdo), no le queda más remedio que recurrir a Dios. No puede ser de otra manera, porque es el único que puede responder, porque es el único que sabe comprometerse.

I.3. El profeta repasa la situación anterior y comprende que el pueblo se ha olvidado de Dios. ¿Qué puede ocurrir? En las religiones de dioses celosos, la venganza divina se hubiera dado por descontado. Pero cuando se tiene un Dios de verdad, con entrañas de misericordia, que considera a los hombres como hijos, entonces sale a relucir lo que Dios es: padre y redentor (go´el).  Sin Dios, padre del pueblo, no hay nada que hacer. Es de los pocos textos del AT que usa esta expresión para hablar de Dios como “padre” del pueblo. Dios siempre sabe inventar algo nuevo para los suyos, y en este caso, el profeta, quita el título a los patriarcas para dárselo a Dios, porque Dios es más “padre” que los epónimos, los antepasados. De eso no se vive y hay que reconocerlo. Así es como se “rasgará” el cielo y vendrá el rocío que en tierra de “desierto” es como el maná, como el agua. Esta es una de las imágenes del Adviento. Y entonces el hombre aprenderá a no ser más de lo que debe ser. De ahí que teniendo a Dios como “padre y redentor”, no importa sentirse como el “barro en manos del alfarero”, porque de sus manos siempre sale un vaso nuevo.

IIª Lectura: Iª Corintios (1,3-9): El "conocimiento" como experiencia de salvación

II.1. La segunda lectura es, concretamente,  el proemio de la carta de Pablo a la comunidad de Corinto, aquella que habría de darle mucho quehacer pastoral y teológico. En esas comunidades había grupos bien diversos; algunos buscarán caminos de perfección y de conocimiento más altos y exigentes. Viven bajo la espera de la venida de Jesucristo y el Apóstol los alienta para que sin perder esa dimensión tan esencial de su fe no olviden que lo más importante, no obstante, es vivir la vida de Jesucristo. En esa tensión escatológica no valen de nada las elucubraciones y los miedos: quien vive la vida del Señor; quien tiene sus sentimientos, heredará la verdadera vida.

II.2. La comunidad, muy heterogénea, muy plural y muy problemática, se vanagloriaba de su elocuencia y de sus carismas (cc. 12-14). Pablo menciona aquí el “conocimiento” de que hacen gala algunos de la comunidad. ¿Qué conocimiento? Quizás el de la inteligencia (la gnosis, de los griegos). ¿Qué les falta? El conocimiento que viene de la revelación de Dios y que los pondrá en trace de esperar el “día de nuestro Señor Jesucristo”, la “parusía”. En aquellos momentos incluso Pablo pensaba que ese día vendría pronto, como manifestación de la acción salvadora de Dios sobre este mundo y sobre la historia. Y para ese día no hay que prepararse con “conocimiento”, sino desde la praxis de una vida llena de sentido.

Evangelio: Marcos (13,33-37): La vigilancia, una llamada a la esperanza

III.1. El evangelio de Marcos propio del Ciclo B que inauguramos con este Adviento, insiste en el tema de la carta de Pablo. El c. 13 de Marcos se conoce como el "discurso escatológico" porque se afrontan las cosas que se refieren al final de la vida y de los tiempos. Es un discurso que tiene muchos parecidos con la literatura del judaísmo de la época que estaba muy determinada para la irrupción del juicio de Dios para cambiar el rumbo de la historia. Los otros evangelistas lo tomarían de Marcos y lo acomodarían a sus propias ideas. En todo caso, este discurso no corresponde exactamente a la idea que Jesús de Nazaret tenía sobre el fin del mundo o sobre la consumación de la historia.

III.2. Es bastante aceptado que es un discurso elaborado posteriormente, en situaciones nuevas y de crisis, sobre una “tradición” de Jesús y también de algo sucedido en tiempo del emperador Calígula. Aquí, el evangelista, se vale de la parábola del portero que recibe poderes para vigilar la casa hasta que el dueño vuelva. Estamos ante el final del discurso, y se ve que es como una especie de consecuencia que saca, el redactor del evangelio, de la tradición que le ha llegado a raíz de los acontecimientos que han podido marcar la crisis de Calígula, un hombre que no era agraciado ni en el cuerpo ni en el espíritu, como cuenta de él Suetonio (Calig., L). Los judíos habían derribado un altar pagano en Yamnia, y el emperador mandó hacer en el templo de Jerusalén un altar a Zeus. Para los judíos y los judeo-cristianos supuso una crisis de resistencia como oprimidos frente al poder del mundo. En aquél entonces algunos judeo-cristianos no habían roto todavía con el judaísmo y con el templo. No pueden desear otra cosa que legitimar su anhelo religioso en aras de una visión apocalíptica de la historia: sobre todo, es necesaria la fidelidad a Dios antes que la lealtad a los poderes del mundo que oprimen.

III.3. En la historia de la humanidad siempre se repiten momentos de crisis; situaciones imposibles de dominar desde el punto de vista social y político, cuando no es una catástrofe natural. La interpretación religiosa de esos acontecimientos se presta a muchos matices y a veces a falsas promesas. El hecho de que no se pueda asegurar el día y la hora pone en evidencia a los grupos sectarios que se las pintan muy bien para atemorizar a personas abrumadas psicológicamente. El lenguaje apocalíptico, que no era lo propio de Jesús, se convierte para algunos en la panacea de la interpretación religiosa en los momentos de crisis y de identidad.


III.4. Hoy, sin embargo, debemos interpretar lo apocalíptico con sabiduría y en coherencia con la idea que Jesús tenía de Dios y de su acción salvadora de la humanidad. Se pide "vigilancia". ¿Qué significa? Pues que vivamos en la luz, en las huellas del Dios vivo, en el ámbito del Dios de la encarnación como misterio de donación y entrega. Ese es el secreto de la vigilancia cristiana y no las matemáticas o la precisión informática de nuestro final. Esto último no merece la pena de ninguna manera. Pero vigilar, es tan importante como saber vivir con dignidad y con esperanza. Hablar de la “segunda” venida del Señor hoy no tendría mucho sentido si no la entendemos como un encuentro a nivel personal y de toda la humanidad con aquél que ha dado sentido a la historia; un encuentro y una consumación, porque este mundo creado por Dios y redimido por Jesucristo no se quedará en el vacío, ni presa de un tiempo eternizado. Dios, por Jesucristo, consumará la historia como Él sabe hacerlo y no como los Calígula de turno pretenden protagonizar. Es esto lo que hay que esperar, y el Adviento debe sacar en nosotros a flote esa esperanza cristiana: todo acabará bien, en las manos de Dios. (Fray Miguel de Burgos Núñez, O. P.).